Comandos del Atlacatl ¿llamados a proteger la cúpula militar o designados para ejecutar una masacre?

Extrañados. Confundidos y hasta con un poco de cólera. Así estaban los comandos del Atlacatl aquella noche del 11 de noviembre de 1989, porque en vez de ir a reventarse el pellejo y a matar guerrilleros, sus jefes los dejaron en el cuartel, en plena ofensiva terrorista, para que recibieran un curso de tácticas de combate para principiantes que les venía a dar un equipo de Boinas Verdes. Lo que no sabían es que estaban destinados a pasar a la historia como villanos.

 

La ofensiva guerrillera Hasta el tope lleva horas de haber iniciado. Es sábado 11 de noviembre de 1989. Los ataques a guarniciones militares están en pleno apogeo y se suceden por doquier; el Fmln sigue consolidando posiciones con sus columnas guerrilleras en varios municipios aledaños a la capital salvadoreña. Y a pesar de eso, un grupo de soldados del Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl (BIRIA) sigue en su cuartel general, en el Sitio del Niño, a poco más de 20 kilómetros al oeste de San Salvador.

Allá, por antiguo Cuscatlán, a las 8:00 de la noche de ese sábado, una columna de guerrilleros coloca una bomba de bajo poder para abrir uno de los portones de la residencia de los profesores de la Universidad Centroamericana (UCA), todos sacerdotes jesuitas; los guerrilleros atraviesan el campus y salen hacia la calle Albert Einstein.

Horas antes, a las 9:45 de la mañana, el cuartel general de la Guardia Nacional ha sido atacado con fuego de morteros, causando varias bajas militares y resultando también una docena de civiles heridos. La guerrilla ya está dentro de la capital salvadoreña. Y sin embargo, el grupo elite del batallón elite sigue acuartelado, recibiendo instrucción básica de combate.

El grueso del batallón, seis compañías de nueve que lo conforman, están combatiendo a la guerrilla en el lado nororiente del volcán de San Salvador y parte de los municipios de Ayutuxtepeque y Mejicanos. Con ellos está el comandante del batallón, el teniente coronel Óscar Alberto León Linares.

Los han enviado a esa zona porque la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) ha recibido información de que más de 100 guerrilleros bien armados se han desplazado del cerro Guazapa, pasando por San José Cortez, cantón de Ciudad Delgado, rumbo al lado nororiente del volcán de San Salvador.

Una semana previa a la ofensiva guerrillera, los radiooperadores del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada (EMCFA) fueron atiborrados de radiogramas en los que se informaba de movimientos guerrilleros. A todas las unidades militares llegaba información de ciudadanos o colaboradores. Era evidente que la guerrilla preparaba una acción de gran relevancia.

Pero contrario a la costumbre exigida por la táctica de desplazamiento desde la fundación del Atlacatl, la Sección de Comandos esta vez no está combatiendo con el grueso del batallón. A lo largo de sus ocho años de existencia, siempre ha ido adelante; es la punta de lanza, los antena, los abrebrecha, los exploradores. Así los llaman.

Son los “angelitos del infierno”. Menos de cincuenta hombres, la mayoría campesinos casi analfabetos; algunos fueron reclutados y otros se presentaron voluntariamente al cuartel y luego los escogieron para ser comandos del Atlacatl.

“Cuando la ofensiva empezó, el 11, nosotros estábamos en el batallón. El grueso del batallón sale a contrarrestar la ofensiva pero ordenaron que nosotros, la compañía de comandos, nos quedáramos porque iba a llegar unos gringos a darnos un entrenamiento. Y así fue. Llegaron unos Boinas Verdes a darnos un curso de operaciones especiales. Allí aparece en un informe del proceso judicial. Llegaron al BIRIA y empezaron a darnos asesorías sobre la guerra pero no sobre una misión específica, sino que comenzaron a hablarnos de tácticas de combate, como si fuéramos reclutas. No tenía sentido porque el batallón iba para la ofensiva y nosotros teníamos que ser los primeros en ir adelante, siempre éramos los primeros en entrar a las zonas de combate. Pero esa vez no; nos dejan en la sede del BIRIA por orden del EMCFA”.

Los 47 elementos que conforman la Sección de Comandos del Atlacatl (dos oficiales y 45 de tropa) reciben la orden de quedarse en las instalaciones del batallón. Una circunstancia rara para esos soldados acostumbrados a ser la punta de lanza del batallón.

Les dicen que se quedarán en entrenamiento de combate (tácticas de patrullaje); los instructores son asesores militares estadounidenses del Séptimo Grupo Especial de Fuerzas Aerotransportadas, en otras palabras, por los Boinas Verdes de Estados Unidos, los Green Berets.

Los soldados mascullan una pregunta: ¿qué sentido tiene que la Sección de Comandos se quede recibiendo instrucción militar como si fuera un puñado de reclutas, mientras el batallón anda afuera, combatiendo?.

¿Los comandos del Atlacatl van a ser entrenados en tácticas de combate? Sí. Suena raro, pero eso hacen el 12 de noviembre, todo el día.

¿12 de noviembre? ¿entrenamiento en un día domingo? ¿Y en plena ofensiva? Generalmente, los cursos militares no inician sábado o domingo. Comienzan cualquier día de lunes a viernes y ya durante el curso, sí no hay fines de semana para la tropa en entrenamiento.

Pero al parecer, aquellos Boinas Verdes que una comisión del mismo Atlacatl fue a traer al Aeropuerto Militar de Ilopango en la tarde del viernes 10 de noviembre, comenzaron el curso horas después de llegar al batallón.

El asombro de aquellos 45 hombres no resulta ilógica. Instruir a los comandos del BIRIA en asuntos básicos de combate es como si a un médico neurocirujano se le quisiera volver a instruir en cómo suministrar una inyección.

En el “Informe provisional sobre El Salvador de la Comisión Especial del Presidente de la Cámara de Representantes” de Estados Unidos, se indica que desde el 11 de noviembre y por los siguientes diez días, todo el batallón estaría recibiendo un curso de operaciones especiales impartido por Boinas Verdes del Ejército de los Estados Unidos; sin embargo, este tuvo que ser suspendido a dos días de haber comenzado debido a la ofensiva. Comandos entrevistados aseguran que lo que comenzaron a recibir fue una instrucción básica de combate.

Esos Boinas Verdes que llegaron a entrenar al Batallón Atlacatl, fueron los mismos que días después, en el marco de la ofensiva guerrillera, permanecieron encerrados un día en el Hotel Sheraton debido al cerco que la guerrilla mantenía en los alrededores, hasta que fueron rescatados por el Comando Especial Antiterrorista (CEAT) cuyo comandante moriría seis meses después en circunstancias poco claras o tan oscuras que en el Informe provisional sobre El Salvador de la Comisión Especial del Presidente de la Cámara de representantes, se hizo la sugerencia de que se investigara las circunstancias en que murió el capitán José Alfonso Chávez García, de indicativo Chileno.

Para cuando los sacerdotes jesuitas fueron masacrados, el CEAT era una unidad especial de la Policía de Hacienda. Finalizada la guerra, pasarían a formar parte del Comando de Fuerzas Especiales (CFE).

Al finalizar la tarde del 13 de noviembre, la Sección de Comandos del BIRIA, más otro grupo de aproximadamente 88 soldados del mismo batallón pero de diferentes compañías, salen rumbo a la Escuela Militar, capitán General Gerardo Barrios.

Con ellos va el oficial cuyo nombre de combate es Toro. Es el teniente José Ricardo Espinoza Guerra, comandante de la sección. Toro es muy popular entre los 45 comandos. Saben que es un oficial preparado para operaciones especiales por militares estadounidenses en Fort Benning y Fort Bragg; confían ciegamente en su comandante.

Al teniente Toro lo acompaña el aura de ser inteligente. Se graduó de bachiller del Colegio Externado de San José en 1979, sabe hablar inglés y para 1989 ha sido enviado a Estados Unidos a más cursos que cualquier oficial de su promoción. Todo ello le ha valido para ser considerado lo que en la jerga militar se le conoce como “ser el niño bonito” o el “cuelludo” de los asesores militares norteamericanos que permanecen en el batallón.

Para aquella noche del 13 de noviembre, Toro aún no sabe que la vida militar le tiene preparada una siniestra sorpresa: en el colegio Externado de San José había sido alumno del sacerdote jesuita Segundo Montes.

Mientras se desplazan hacia la Escuela Militar, ningún comando del Atlacatl sabe que están a poco más de 48 horas de cometer un crimen por el que serán perseguidos casi 30 años después.

Hasta noviembre de 1989, en su hoja de servicios, Espinoza Guerra tiene dos marcas o manchas en su currículo como militar profesional, lo que en empleos civiles se le denomina acción de personal: en 1987 causa baja de la Fuerza Aérea por faltas graves cometidas dentro del servicio; es asignado al batallón Atlacatl (¿premio o castigo?). Un año después, es enviado al curso de Fuerzas Especiales a Estados Unidos; de allá se viene sin saldar una abultada cuenta de teléfono y por eso le imponen 72 horas de arresto.

¿Sancionado por no saldar una cuenta de teléfono? Sí. Eran tiempos en que hablar por teléfono de un país a otro costaba un ojo de la cara. O como se dice  entre militares: costaba un huevo y la mitad del otro.

Aún con esas dos marcas, Toro sigue siendo un oficial popular en el BIRIA. Es considerado en esa guarnición como un buen estratega, un militar bueno para el combate y, en tiempos de guerra, eso se aprecia más que cualquier acto de indisciplina.

El segundo al mando de la Sección de Comandos es el subteniente Gonzalo Guevara Cerritos, un oficial de fila, de esos que comenzaron como soldado hasta llegar a esa categoría. En la guerra, los oficiales de fila son muy apreciados y respetados, porque tienen experiencia en combate y en conducción de tropa; además, por haber sido soldados, comprenden las necesidades de la tropa, o por lo menos así se cree.

Como el teniente Espinoza Guerra, Guevara Cerritos, conocido con el indicativo o nombre de batalla de Lince, también es un oficial entrenado por los norteamericanos en operaciones especiales.

Guevara Cerritos ingresa a la Fuerza Armada como soldado en la Fuerza Aérea en abril de 1980. Siete meses después ya es cabo; a los 16 meses de ser cabo es ascendido a subsargento y el 2 de octubre de 1984 lo ascienden a sargento. Es un militar aguerrido.

¿Cómo se logra un ascenso tan rápido en tiempos de guerra? Fácil. Se tiene que ser bueno en combate. Si te destacas en batalla, podrás ascender fácilmente. Decomisas uno o más fusiles, matas algunos guerrilleros, salvás a uno o varios de tus compañeros de una aniquilación segura… Haces cualquier cosa de esas y el comandante de unidad te da las jinetas o te recomienda para un ascenso.

A los cuatro años de ser sargento, Lince es enviado durante cinco meses a Fort Benning, a un entrenamiento especial junto a un grupo de cadetes. De allá regresa  listo para ser ascendido a oficial. El 31 de diciembre de 1988, en la Orden General de la Fuerza Armada, su nombre aparece como subteniente y es enviado al batallón Atlacatl.

La sorpresa que a la tropa le causa no ser enviado con el grueso del batallón a la colonia Zacamil y otros sectores del norte de la capital, se desvanece con la explicación de que han sido llamados a la Escuela Militar para estar cerca, como apoyo, al Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada; “Nos dijeron que estaríamos cerca por cualquier desvergue (ataque) al Estado Mayor”.

El envío de la compañía de comandos a la Escuela Militar es ordenado por el coronel René Emilio Ponce, jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada. La orden fue canalizada hacia el comandante del batallón, Óscar Alberto León Linares por medio del “teléfono blanco”, una línea segura. Fue el coronel Joaquín Arnoldo Cerna Flores, entonces jefe del Conjunto III (Operaciones) quien le transmite la orden.

Horas antes Ponce ha ordenado la formación de un Comando de Seguridad al frente del cual designa al coronel Guillermo Alfredo Benavides Moreno, director de la escuela militar. La orden de enviar a la compañía de comandos a la Escuela Militar y la formación del comando de seguridad consta en el proceso judicial 1074/89 + 19/90 del Juzgado Cuarto de Instrucción, que para el tiempo de la masacre es el Juzgado Cuarto de lo Penal.

A la tropa le suena lógico que a la crema y nata del BIRIA se le confíe la seguridad de “la cabeza militar del país”, el centro nervioso de la Fuerza Armada. Son aguerridos, son decididos; la mayoría proviene del campo y son de escasa escolaridad pero son buenos en combate. Excepto los dos oficiales, de la tropa son pocos los que concluyeron la educación básica.

Si de por sí a todo el Atlacatl se le considera entre los militares como el mejor batallón de reacción inmediata de la Fuerza Armada, en aquel momento a la Sección de Comandos se le considera una de las mejores unidades militares de combate; un puñado de hombres, muchos casi analfabetas, pero con suficientes cojones, capaces de sacarle las castañas del fuego a cualquier unidad que estuviera siendo triturada en algún combate. Todos entrenados en El Salvador por instructores norteamericanos; por los Green Berets (Boinas Verdes), tropa de élite de los Estados Unidos.

Junto a las tropas del Atlacatl, a la seguridad del complejo militar se suma una compañía del Destacamento Militar No. 6, otra del Destacamento Militar No. 7, algunas patrullas del Batallón Libertadores de la Policía de Hacienda, de la Policía Nacional y del Batallón de Reacción Inmediata, Eusebio Bracamonte, entre otras.

En ese complejo castrense está la Escuela Militar, el Ministerio de Defensa y el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada. Si cae ese núcleo de recintos militares, la guerrilla gana. De ahí la necesidad de blindarlo con mucha tropa.

Todas esas unidades son desplegadas por Antiguo Cuscatlán, Santa Tecla, la finca El Espino, colonia Escalón y otras. Juntas forman un anillo de seguridad para el complejo de instalaciones militares desde donde se conduce la defensa de la capital salvadoreña y de todo el país. Allí está buena parte de La Tandona, promoción de oficiales que para ese momento es la encargada de conducir la guerra.

Pero la ofensiva lleva dos días y las cosas no pintan bien para la Fuerza Armada. Entre los soldados se escuchan cosas horribles, desmoralizantes, que está sufriendo la tropa: soldados asesinados salvajemente, vehículos blindados destruidos, avance de columnas guerrilleras hacia la colonia Escalón.

Las tropas misionadas para cuidar el complejo militar donde está el Ministerio de Defensa, el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, la Dirección Nacional de Inteligencia, la Escuela Militar y la colonia donde viven muchos jefes castrenses y asesores militares estadounidenses (la Manuel José Arce), sólo descansan por momentos; se mantienen patrullando los alrededores, conteniendo ataques (hostigamientos) de pequeñas unidades guerrilleras.

Previendo que la guerrilla intentará tomarse el centro de mando de la Fuerza Armada, se crea el comando de seguridad para ese complejo militar.

¿Pero por qué llaman a un pequeño grupo de soldados del Atlacatl? ¿Las cartas ya habían sido puestas sobre la mesa? ¿La suerte de los jesuitas ya estaba sellada?

Benavides, designado como jefe de ese comando, es un oficial de La Tandona, la promoción más grande y unida que graduó la Escuela Militar; la mayoría de ellos está dirigiendo la guerra, en puestos clave: comandantes de brigadas, directores de cuerpos de seguridad…

El coronel Benavides es considerado por coroneles más reclutas, es decir, de menor antigüedad, como un militar de vieja escuela, acostumbrado a solucionar problemas de manera sucia; amparado tal vez en la certeza de que tiene poder, que es intocable. Sin embargo, coroneles más antiguos que él lo consideran un oficial disciplinado y obediente.

Victimas-Jesuitas (1)

Las ocho víctimas de la Masacre de la UCA

 

La noche del mismo día (13 de noviembre) que los comandos llegan a la Escuela Militar, se corre la voz de que irán a hacer un cateo a la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas), distante unos 800 metros al suroriente de la Escuela Militar. Es una orden que emana del Estado Mayor. Eso le dicen a la tropa.

Y la tropa sigue las órdenes ciegamente. En la Ordenanza Militar está plasmado que las órdenes militares son para cumplirse y no para discutirse. Eso se le enseña al soldado; se le martilla en su cerebro para que obedezca sin poner en tela de juicio el criterio de quien lo está mandando. ¿Juráis por vuestro honor, obedecer al militar que os estuviese mandando, aún a costa de vuestra vida? Sí, juramos, responde al unísono cada contingente de reclutas que es juramentado.

El cateo, según los comandos que 29 años después se han atrevido a hablar de la masacre, no era antojadizo. Estaba motivado en que el mismo día que inició la ofensiva guerrillera, una patrulla militar que pretendía poner a salvo a la hija del Presidente Alfredo Cristiani, que se encontraba atrapada en el campus de la Universidad Albert Einstein, fue atacada con fuego de fusilería y explosivos desde las instalaciones de la UCA. También, la misma noche que comenzó la ofensiva, una columna guerrillera había hecho detonar una bomba de bajo poder para botar un portón de la entrada de la residencia de los sacerdotes jesuitas.

De esos dos incidentes, solo del ocurrido dentro de la UCA queda registrado en los libros de novedades de la Escuela Militar. Del otro, es decir, del ataque a la patrulla que iba a rescatar a la hija de Cristiani solo quedó a nivel de rumor. Nada escrito. Aunque varios oficiales que en el juicio fueron llamados como testigos, lo aseguraron ante el Juez Cuarto de lo Penal y ante la Unidad Ejecutiva de la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos (CIHD).

Pero con razón o sin ella, la sección de comandos cumple la misión; irrumpen en la UCA.

Mas cuando están a punto de entrar a la UCA, por el portón sur, que entre estudiantes se conoce como “entrada peatonal”, el oficial al mando, Espinoza Guerra, recibe una orden por el radio militar: que espere a un oficial de la DNI.

Quien llega es el teniente Héctor Ulises Cuenca Ocampo; este oficial les resulta familiar a los comandos del Atlacatl porque estuvo asignado al batallón.

Coyote, indicativo o nombre de batalla de Cuenca Ocampo, sólo va a observar lo del cateo. ¿Pero por qué al jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia, coronel Carlos Mauricio Guzmán Aguilar, le interesa tanto el cateo que hasta envía a uno de sus oficiales a verificar el operativo?.

El rector de la UCA, Ignacio Ellacuría, pone una débil resistencia al registro de la universidad: dice a los militares que la universidad es propiedad privada y que para ingresar y registrarla deben llevar una orden judicial. El teniente Espinoza Guerra le echa por tierra ese argumento diciéndole que hay estado de sitio y que esa garantía constitucional está temporalmente anulada. Ellacuría ya no discute y se limita a acompañar a los militares a los lugares donde hay bienes que pueden ser dañados.

Después de hacer un registro minucioso, no encuentran ninguna arma. Lo más relevante que encuentran son unos radios de comunicación con los que, aparentemente, los jesuitas establecían comunicación con otros países. El hallazgo de los radios lo afirman varios comandos del Atlacatl que participaron en el cateo. Solo ellos lo mencionan.

Los oficiales y algunos elementos de tropa conversan con los jesuitas nada más lo necesario para hacer el cateo.

En el proceso judicial archivado en el Juzgado Cuarto de Instrucción (antes Juzgado Cuarto de lo Penal) solo se menciona que hallaron un cartucho calibre 7.62 para fusil AK-47 al cual los soldados le quitan el interés cuando les explican que alguien se lo encontró tirado y se los entregó.

Los comandos recuerdan que dos días antes, al comenzar la ofensiva guerrillera, un grupo de guerrilleros pasó a través de la residencia de los jesuitas, todos profesores de la UCA, tras colocar una bomba de bajo poder explosivo en el portón que da acceso a la residencia. A ellos se les pudo haber caído, por descuido, esa munición.

De este suceso, es decir, de la detonación de la bomba, informó la Oficina Provincial de la Compañía de Jesús, cuando hizo una “cronología” de los hechos previos a la masacre.

De la UCA, los “angelitos del infierno” (así se hacían llamar los comandos del Atlacatl) salen con las manos vacías, no encuentran armas ni hallan resistencia guerrillera. El registro, que parece algo rutinario y que finaliza sin mayores novedades, lleva tal vez otro objetivo. La acción va más allá de ser un simple registro, comentan ahora algunos comandos. Pero eso no lo sabe la tropa sino hasta muchos días después.

“La idea del Estado Mayor era que al hacer el cateo, nosotros viéramos con quiénes íbamos a tratar; realmente lo que querían era que hiciéramos un reconocimiento del área”.

A esa conclusión llegan algunos comandos entrevistados 28 años después de que cometieran aquel crimen contra los sacerdotes Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Joaquín López y López, Segundo Montes, Amando López y Joaquín Moreno. Y de paso, mataron a Elba y Celina Ramos, madre e hija que esa noche se habían querido resguardar en la residencia de los jesuitas.

Lo que realmente fueron a hacer a la UCA, en la noche del 13 de noviembre, opinan algunos comandos, es una actividad que en inteligencia militar se conoce como un TALUTE, apócrifo que sirve para que una tropa, cualquier elemento, ordene la información que recabe sobre los siguientes aspectos del enemigo.

Tamaño: Cuántos enemigos son los que vio.

Actividad: Qué estaba haciendo ese enemigo, qué hace; su rutina.

Localización: Dónde está ese enemigo o dónde los vio, cómo es el terreno.

Uniforme: La vestimenta del enemigo

Tiempo: Cuándo vio al enemigo

Equipo: El tipo de armamento de que disponen.

En los manuales de inteligencia de la Escuela de las Américas (SOA, por sus siglas en inglés) se define que el TALUTE son siglas que sirven para que cualquier unidad, cualquier soldado, pueda organizar la información de inteligencia.

En la próxima entrega:  “Vamos a caer; nos vemos en el techo de la embajada, al estilo Saigón”

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  5. Lastimosamente hay muchas mentiras en este reportaje, los comandos, y oficiales estuvieron retenidos en el cuartel central de la Policia de Hacienda, de ahi salieron a los juzgados, nunca estuvieron en la Policia Nacional, si el CEAT, estuvo en la zona, de igual otro caso el mayor Jimenez acusado de el Mozote, estuvo en la PH y un dia antes de su juicio se dio a la fuga…..

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