“Vamos a caer; nos vemos en el techo de la embajada, al estilo Saigón”

En la noche del 15 de noviembre, los militares que dirigen la guerra están tan preocupados que uno de ellos, un general, ordena a todos los generales y coroneles presentes en una reunión, tomarse de las manos y hacer una oración. Los asesores militares también creían que tendrían que abordar helicópteros desde el techo de la embajada Americana, como en Vietnam,

Luego del cateo, realizado la noche del 13 de noviembre a las instalaciones de la UCA y que termina entre las 10:00 y 10:30 de la noche, según recuerdan algunos comandos, la unidad militar sale del campus por el portón norte, que da a la autopista Sur. Esa misma noche, soldados del batallón Atlacatl repelen un ataque guerrillero contra el perímetro de seguridad del complejo militar.

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Al día siguiente se entretienen patrullando los alrededores de la colonia Escalón y entablando cortos combates con pequeños grupos de guerrilleros. Escaramuzas, mejor dicho. Nada del otro mundo.

Para la crema y nata del Atlacatl aquello es como un pasatiempo. Quizá el combate más significativo hasta ese momento ha sido el desalojo de una célula guerrillera que estaba apostada en la Basílica de Guadalupe. Luego de varios minutos, bajaron a los guerrilleros que desde el campanario de la iglesia mantenían a raya a otras unidades.

A los comandos del Atlacatl les parece algo normal, y un deber militar, el cateo que hicieron a la UCA, puesto que entre la soldadesca ya se ha hecho circular el rumor de que desde el campus de esa universidad, la guerrilla está dirigiendo la ofensiva.

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Tiempo después caerán en la cuenta de que todo aquello que se decía sobre los jesuitas y del campus universitario tal vez fue para crear animadversión, para que no sintieran remordimientos ni se cuestionaran las ejecuciones. Eso creen elementos de tropa que se han atrevido a hablar de aquel crimen. Algunos de ellos dispararon directamente a los jesuitas; otros observaron de muy cerca aquel crimen porque fueron parte de los 47 comandos que participaron en aquella operación.

Incluso, horas antes de ejecutar la masacre, entre las tropas de diferentes unidades asignadas a resguardar las instalaciones del Ministerio de la Defensa y del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, se ha propagado el rumor de que es posible que en pocas horas los jesuitas coordinen con Cuba para que los aviones de la Fuerza Aérea Cubana vengan a bombardear la capital salvadoreña. Eso es lo que escuchan, de boca de oficiales.

Disfrazados de comentarios con tono de preocupación, algunos oficiales advierten a la tropa que si eso sucede, la guerra está perdida y que les tocará vivir lo mismo que el 19 de julio de 1979 vivieron muchos militares somocistas derrotados por el Frente Sandinista de Liberación (FSLN): salir huyendo del país a refugiarse quién sabe dónde y que nunca más volverían a ver a sus familias.

“El 15 de noviembre, algunos oficiales ya nos habían enganchado diciéndonos que habían obtenido información de parte algunos universitarios, que los jesuitas estaban dirigiendo la ofensiva y que el (sic) DNI (Dirección Nacional de Inteligencia) había detectado que para mañana (16 de noviembre) los curas ya habían hecho las coordinaciones con Cuba, que bastaba que hicieran una llamada a Fidel Castro para que mandara los aviones y que nos iban a sacar como en Nicaragua y no íbamos a volver a ver a la familia”.

Algunos de esos oficiales que riegan el rumor conocen a Adolfo Tórrez, conocido como El Chele Tórrez,  un oficial de la Guardia Nacional de Nicaragua, de Anastasio Somoza, que huyó a El Salvador horas antes del 19 de julio de 1979, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional tomó el poder en Nicaragua por la vía armada.

El Chele Tórrez es muy conocido entre muchos oficiales porque es apadrinado por el coronel René Emilio Ponce, Jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada (EMCFA).

¿Pero de dónde sacaban esa información de que desde la UCA la guerrilla podría pedir a Fidel Castro que bombardeara El Salvador?

Los oficiales decían que esa información  la había obtenido la DNI. Los comandos del Atlacatl dieron por cierto todo aquello ¿Por qué iban a dudar de sus superiores?.

Sin embargo, según el proceso judicial, en los libros militares tanto de la DNI como de la Escuela Militar o del Estado Mayor no hay registro de que se haya canalizado esa información de inteligencia hacia la cabeza de la Fuerza Armada.

Jesuitas-documento

Al Centro de Operaciones Conjuntas de la Fuerza Armada (COCFA), no dejaban de llegar novedades, información sobre actividades guerrilleras hechas o por hacer; pero de la anterior no hay registro de que alguien la haya canalizado hacia los jefes que dirigían la guerra .

Desde el 9 de noviembre, de todas las unidades comienzan a llegar informes sobre desplazamientos de columnas de guerrilleros bien armados: de Jucuapa, de Sesori, de San Miguel, de Ciudad Delgado… Informaciones anónimas de inminentes ataques de gran envergadura a la capital salvadoreña.

Una de esas novedades se refiere a una información recabada por Sección II (investigaciones) de la Policía Nacional cuyo jefe era el coronel José Antonio Almendáriz, ahora diputado del Partido de Concertación Nacional.

El documento dice que a las 5:30 de la tarde del 15 de noviembre, en las instalaciones de la UCA habrá una reunión de emergencia de sindicalistas y organizaciones afines a la guerrilla para tratar asuntos relacionados con la ofensiva.

En documentos castrenses quedó registrado que algunos de los sindicalistas que se reunirían en el campus de la universidad pertenecían a Fenastras  (Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños), Unts (Unión Nacional de Trabajadores Salvadoreños), Fuss y Codydes.

La reunión del Alto Mando con el presidente Cristiani

Llegó el 15 de noviembre. A las 7:30 de la noche, todo el Alto Mando de la Fuerza Armada comienza una reunión en el Estado Mayor. Desde el mismo sábado 11 que comenzó la ofensiva esas reuniones se han vuelto rutina.

Cada noche los altos jefes militares se reúnen para analizar la situación del día: muertos y heridos, desplazamientos de la tropa y del enemigo, avances del enemigo, decomisos… Todo eso les sirve para planificar las acciones militares del día siguiente.

En el consistorio militar del 15 de noviembre están presentes el Ministro de la Defensa y Seguridad Pública, general Rafael Humberto Larios; el viceministro de Defensa, Juan Orlando Zepeda; el viceministro de Seguridad Pública, Inocente Orlando Montano; el jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, René Emilio Ponce; los jefes del Mando Conjunto, comandantes de todas las unidades militares del área metropolitana, incluyendo el teniente coronel Óscar Alberto León Linares, comandante del Atlacatl cuyas tropas están  conteniendo la ofensiva guerrillera en la zona norte de San Salvador. Además, en esa reunión están  el director de la Escuela Militar (coronel José Alfredo Benavides) y un oficial de prensa, el mayor Mauricio de Jesús Chávez Cáceres, jefe del Comité de Prensa de la Fuerza Armada (Coprefa).

Para asistir a esa reunión, León Linares se moviliza desde su puesto de mando en Ayutuxtepeque al Estado Mayor, en un microbús azul al que colocan una bandera blanca y un rótulo de “Prensa”. En realidad, solo es una artimaña. El microbús pertenece al batallón Atlacatl. Les da resultado. El jefe militar llega indemne a su destino.

La preocupación porque realmente la guerrilla tome el poder por la vía de las armas es notable en el semblante de aquellos generales y coroneles; es una reunión en la que los rostros se van compungiendo a medida que cada jefe expone su situación militar.

Tan tensa y desmoralizante es la reunión, que el Ministro de Defensa, general Rafael Larios López recurre a dar una especie de charla motivacional a los presentes; no es una arenga militar, sino un discurso rápido para levantarle la moral a sus compañeros

Al final del brieffing, todos aquellos militares se toman de las manos para invocar la ayuda de Dios. Hacen una oración. La situación es desesperante.

En esa reunión, el Alto Mando toma la decisión de usar fuego aéreo y de artillería en los sectores donde se sabe que hay mayor concentración de guerrilleros o donde están los mandos del FMLN.

En aquellas mismas horas, entre algunos asesores militares norteamericanos también los invade la sensación de que la guerrilla ganará la batalla final, de que todo está perdido.

En una conversación entre un mayor y un capitán de la armada estadounidense se evidencia su temor de que se repetirán aquellas escenas de Vietnam, cuando todo el personal de la embajada de Estados Unidos tuvo que subirse al techo para ser evacuado en helicópteros minutos antes de que el Viet Cong asaltara esas instalaciones.

“Vamos a caer; nos vemos en el techo de la embajada, al estilo Saigón”, dijo el mayor Eric Buckland a uno de sus colegas del Grupo Militar de Asesores que en aquel momento se encontraba en el complejo militar.

La situación en el campo militar era para preocuparse.

A las 10:30 de la noche de ese mismo 15 de noviembre, el Alto Mando de la Fuerza Armada solicita la presencia del Presidente Alfredo Cristiani, también Comandante General de la Fuerza Armada.

En esa reunión, el alto mando militar le comenta al mandatario salvadoreño que ha decidido autorizar “el uso selectivo de fuego aéreo y de artillería” para desalojar a la guerrilla. Eso implica bombardear incluso lugares donde hay población civil. Cristiani aprueba esa decisión.

Lo anterior consta en el proceso judicial archivado en el Juzgado Cuarto de Instrucción de San Salvador.

Eso mismo lo supieron los comandos del Atlacatl, aunque obviamente no estuvieron presentes en la reunión. Lo supieron de boca de sus superiores.

“El Estado Mayor habló con Cristiani. El presidente hizo una reunión el 15, eso consta en las declaraciones agregadas al proceso judicial, con todos los altos mandos de la zona. Llegó al EMCFA y hablaron de la seguridad de cada zona, pero no se habló de eso de los Jesuitas. Lo raro es que ya en la noche hubo una orden de que con la gente de nosotros le fuéramos a dar vuelta de gato (muerte) a esa gente; a matarlos, que se murieran todos los que estuvieran allí en la UCA. El objetivo era los jesuitas y todos los que estuvieran con ellos. Fue una orden verbal; estábamos en guerra ”, sostiene un comando del Atlacatl.

En otras declaraciones, algunos comandos dicen que los oficiales sólo les dijeron que la misión era ir a matar a unos cabecillas de la guerrilla. Los comandos entrevistados aseguran que ellos creyeron ciegamente que iban a eso: a matar cabecillas de la guerrilla, para lo cual estaban entrenados; todos eran fuerzas especiales, entrenadas por militares estadounidenses. Eran unas máquinas de guerra.

Mientras Cristiani y el Alto Mando están reunidos, el teniente Espinoza Guerra recibe una orden por radiocomunicación: le ordenan que reúna a su gente, a sus comandos, en la Escuela Militar.

El “Informe Provisional sobre El Salvador de la Comisión Especial del Presidente de la Cámara de Representantes, de Estados Unidos” cuestiona por qué no se investigó aquella comunicación radial.

Y 28 años después aún no se ha investigado quién dio la orden.

De hecho, no hay registros de aquella orden por radio; no se sabe con exactitud quién la  dio. Expertos militares aseguran que como la Unidad de Comandos del Atlacatl estaba bajo el mando operacional del jefe del Comando de Seguridad del Complejo Militar, coronel Benavides, sólo él podía darle órdenes.

En teoría y en la práctica, el teniente coronel León Linares, comandante del Atlacatl, estaba desligado de las actividades de sus comandos; él estaba operando con el resto del batallón en la zona de Mejicanos y Ayutuxtepeque. Sin embargo, en aquella primera reunión en el Estado Mayor en la noche del 15 de noviembre, sí estuvo presente. Eso está plasmado en el expediente judicial 1074/89 + 19/90.

Lo llaman a la reunión por su papel como comandante del Atlacatl, porque éste es parte de la defensa de la capital; de hecho fue el primero que había salido a combatir a la guerrilla aquel mismo sábado 11, cuando comienza la ofensiva.

Al comenzar la noche del 15 de noviembre, dos patrullas de la sección de comandos, son enviadas a patrullaje al costado poniente de la UCA; las patrullas se ubican en el sector de unos edificios que, en aquella época, estaban deshabitados. Otro grupo se va echar la durmia (se va a dormir) sin pensar en lo que les espera. Cerca de la medianoche, son despertados y llamados a formar en la plaza de armas de la Escuela Militar.

“Parte de la Sección ya estaba dormida. Nos levantaron casi a la mitad de la noche. Se presentaron el coronel Benavides y Yushi (teniente, comandante de sección de la Escuela Militar); había otros oficiales pero eran de bajo rango, como el que estaba de comandante de Guardia. Al coronel Camilo Hernández no  lo vi cuando nos formaron. El único coronelón era Benavides”, relata uno de los 45  elementos de tropa de la sección de comandos.

A las órdenes de Benavides están 135 elementos del Atlacatl (47 de la sección de Comandos más 88 de otras compañías). Uno de los entrevistados dice que en aquel instante, el coronel les explica claramente cuál es la misión que irán a realizar a la UCA.

Algunos ubican aquel momento en las 11:15 de la noche; otros, en las 11:30.

“Señores, o somos nosotros, o son ellos”. En la arenga agrega que los jesuitas han sido los intelectuales que han dirigido la guerrilla por mucho tiempo y hay que acabar de raíz con el problema.

Mientras estaban en formación, Benavides manda al teniente Mendoza que vaya a traerle un fusil AK-47 que tiene en su despacho. Cuando el teniente regresa con el arma, el coronel pregunta: ¿quién puede usar esta mierda?. Casi al unísono, los comandos responden: Pilijay, el soldado Pilijay.

Pilijay es el indicativo o nombre de guerra del soldado Óscar Mariano Amaya Grimaldi, oriundo de la zona costera de Usulután, que gana un sueldo de 784 colones.

A la usanza militar, el coronel le lanza el rifle; el soldado lo afianza con la mano derecha. Es parte de la segunda patrulla de la Sección de Comandos, al mando del subsargento Ramiro Antonio Ávalos Vargas, de indicativo Satanás o Sapo. Éste es un subsargento joven, de tan solo 21 años, al mando de siete soldados.

Al recibir el fusil, Amaya Grimaldi nota que el AK está sucio y dice que no tiene con qué limpiarlo. De inmediato, el sargento de indicativo Hércules, sargento de unidad, es decir, el sargento de sargentos, le da un trapo para que lo limpie. Amaya Grimaldi tarda unos 10 minutos. Luego se lo tercia  mientras lleva en ristre su M-16, de equipo.

Luego de que hubo hablado Benavides, Espinoza Guerra y Guevara Cerritos, van al pabellón (dormitorio) del teniente Mendoza Vallecillos. Este les da una barra de camuflaje con la que los dos oficiales del Atlacatl se pintan el rostro.

¿Por qué camuflarse el rostro para una operación que sería realizada en completa oscuridad? ¿Tenía algún sentido?.

Después de eso los militares que entrarían a las instalaciones de la UCA salen a la misión a bordo de dos camiones Ford 250 de la Escuela Militar. A la Sección de Comandos se les ha unido el teniente Yusshy René Mendoza, a quién Benavides le da el mando de la misión por ser más antiguo que Espinoza Guerra, aunque es de la misma promoción.

En la vida militar, la antigüedad es un grado. Así lo dice la Ordenanza del Ejército. Entre los oficiales, la antigüedad no solo se mide en tiempo de servicio, es decir si alguien llegó un día o un mes antes que el otro; también se mide por el puntaje académico con que egresan de la Escuela Militar o a medida que van ascendiendo. Pero el teniente Yusshy René Mendoza había entrado a la Escuela dos meses antes que Espinoza Guerra. Eso lo hacía más antiguo.

 

En la próxima entrega: “Satanás, vos con tu patrulla te vas a dar la misión”.

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  4. Excelente pero a pesar del paso de los años es parte de la historia, creanlo o no, despues de la muerte de los jesuitas, los terengos quedaron como desorientados, eso comprueba que efectivamente, los jesuitas estaban en la guerra y eso los pone en un plano de objetivo militar, no santifico, la muerte de estas personas pero en aquel momento o eran ellos o los otros

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