“Satanás, vos con tu patrulla te vas a dar la misión”

Mientras sus compañeros cometen una masacre, el soldado Chachuama (apodo) da cuenta de lo que halla en una refrigeradora de la residencia de los sacerdotes; cuando ve que el soldado Pilijay ya ha matado a tres jesuitas, saca una cerveza y se la ofrece; éste se la bebe con la misma frialdad con que segundos antes había cometido los tres homicidios.

Es casi la medianoche del 15 de noviembre de 1989. La ofensiva guerrillera está en su apogeo. Los comandos del Atlacatl que salieron antes, al atardecer, a apostarse en el costado poniente de la UCA son reunidos a pocos metros de la universidad, por el teniente (José Ricardo) Espinoza Guerra y el subteniente (Gonzalo) Guevara Cerritos quienes les dicen que ingresarán a la UCA. Esos comandos no saben a lo que van ni por qué Pilijay (el soldado Mariano Amaya Grimaldi) lleva un fusil AK-47.

“Hasta que ya estábamos en la UCA caímos en la cuenta que con el otro fusil tenía que darse la misión”, cuenta un militar, refiriéndose a que con ese fusil debían matar a los jesuitas y a cuanta persona encontraran en el recinto universitario.

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“Fue hasta que estábamos a pocos metros del portón sur de la UCA que el teniente Espinoza dijo: Satanás, vos con tu patrulla te vas a dar la misión. Satanás es el indicativo del subsargento Ramiro Antonio Ávalos Vargas. Éste le respondió con una mueca de asombro: ¿Y por qué yo?. Ahí llevás a Pilijay, le replicó el oficial.

Elementos de tropa (de soldado a sargento) entrevistados aseguran que el día de la ejecución de los jesuitas, a la Unidad de Comandos la acompañan dos oficiales ajenos a esa sección. Uno es (Yushy René) Mendoza Vallecillos y otro es el teniente (Héctor Ulises) Cuenca Ocampo, Coyote, el mismo que dos días antes los había acompañado a hacer el cateo a la universidad.

Al primero no lo conocen; al segundo sí porque había estado en el batallón; para ellos es un jefe en quien pueden confiar, aunque ya saben que es parte de la DNI (Dirección Nacional de Inteligencia). Fue hasta días después de la masacre que se enteran, como en el caso del cateo a la UCA, cuál era el verdadero objetivo de ese acompañamiento: supervisar la misión; tomar nota de lo que cada cual hace.

No obstante que elementos de la sección de comandos del Atlacatl aseguran que Cuenca Ocampo los acompañó a la UCA a cumplir la misión de matar a los jesuitas, en el expediente judicial 1074/89 +19/90, solo se menciona al teniente Mendoza Vallecillos. Cuenca Ocampo solo es mencionado como el oficial que los acompañó durante el cateo.

Jesuitas-documento

(Se intentó contactar a Cuenca Ocampo por todos los medios posibles para obtener su versión sobre este señalamiento; sin embargo fue imposible).

Los comandos entran por el portón sur de la UCA, por el lado conocido como “entrada peatonal”, es decir, por la calle El Cantábrico. Ingresan con total sigilo, que ni falta que hace puesto que hay toque de queda, las calles están a oscuras y ningún civil se atrevería a salir de su casa a media noche en plena guerra.

Cuando ingresan ya están corriendo los primeros minutos del jueves 16. En el portón hay un cartel donde se anuncia que por la guerra no habrá clases. El subteniente Guevara Cerritos (Lince) lo toma y al reverso escribe con un plumón rojo, algo así como: “Aquí entró el FMLN”. Los entrevistados no recuerdan exactamente lo que escribió.

Los comandos invaden la UCA. “Ese Cuenca y otro (Mendoza, al parecer, según algunos soldados) nos iban dirigiendo por dónde estaban durmiendo los maistros. Ellos bien lo sabían”.

“Él se echó bien todo el rollo: quién disparó a quiénes y cuántos disparos les dieron a cada uno de los señores. Andaba anotando todo en una libreta. No nos pareció sospechoso porque había sido del Batallón, pensamos que haciéndonos barra andaba nomás”, asegura un comando, ahora enflaquecido por una enfermedad  crónica, sin empleo y sin ninguna pensión.

El militar que dijo lo anterior fue el subsargento Tomás Zarpate Castillo, de indicativo Sansón, quien el lunes anterior fue sepultado; murió víctima de la diabetes, enfermedad que se le complicó durante los seis meses que en el 2016 estuvo detenido por la masacre de los jesuitas.

“Él había sido oficial del Batallón Atlacatl, de ahí lo trasladaron al EMCFA y luego lo destacaron en el  DNI; platicaba con nosotros porque éramos de confianza porque había estado en el batallón, había confianza. Yo ya sabía que él andaba con nosotros en esa misión, lo que no sabía era por qué no lo enjuiciaban. Hoy de último aparece en el listado de los que España está enjuiciando…”, afirmó Sansón durante una conversación tiempo después de que en agosto de 2016 recuperara su libertad.

“Entramos cabal a tocar las puertas. En la primera que tocamos salieron tres (Ignacio Ellacuría, Segundo Montes e Ignacio Martín Baró). Los pusieron boca abajo, sobre la grama; por ahí andaba el soldado Pilijay con el AK y le dijeron que los vigilara”, recuerda otro soldado que vio la ejecución de los seis religiosos.

Paradójicamente, el subsargento Ávalos Vargas, le dice: “Cuidalos”.

“Con el fusil AK-47, Pilijay tenía que darse la misión completa, es decir, matar a todos los que hallaran en la UCA, pero no iba a alcanzar a dispararles a todos porque la gente estaba regada, es decir, no estaban durmiendo en un solo lugar, y para él era también duro… Luego tocamos otra puerta. Salieron otros dos y también los llevamos cerca de donde estaba Pilijay con los primeros tres”, detalla otro soldado.

En ese momento, el teniente Espinoza llamó a Satanás (Ávalos Vargas) y le dijo algo que si bien era una pregunta, implicaba una orden: ¿a qué horas procedés, pues? Satanás salió corriendo hasta donde estaba Pilijay y le dijo: “Ey, que procedás dice”.

“Viene aquel (Pilijay) y con el AK empieza a tirarle solo a tres, a Ellacuría, Montes y Baró. Y los otros dos (Amando López y Juan Ramón Moreno) como que sentían la presión… como estaban juntos ya presentían que les caían los balazos. Y aquel les tiraba a los tres en la cabeza”.

“Cuando mi sargento Ávalos Vargas ve que los otros dos sacerdotes se mueven, que están inquietos como queriendo levantarse, les dispara con su fusil de equipo. Segundos antes de que les dispararan, les oí decir con su acento español algo así como “estamos conscientes de lo que nos pase”. Palabras más, palabras menos.

Mientras el soldado Pilijay le dispara a los tres, Ávalos Vargas casi vacía un cargador de fusil AR-15 que anda con 20 cartuchos. Amando López y Juan Ramón Moreno reciben ocho disparos cada uno.

Una vez que les hubo disparado, Amaya Grimaldi se percata de que uno de los tres hombres que había matado tenía un reloj. Se lo quita y se lo echa a una bolsa del pantalón. Pilijay se retira del lugar como si nada.

Uno de los soldados que participó en aquella ejecución cree que con aquellas palabras musitadas, los sacerdotes querían decir que estaban conscientes de que los matarían por ser comandantes de la guerrilla. Eso es lo que el soldado sigue creyendo 28 años después de aquella masacre.

(Este mismo comando recuerda que cuando el teniente Espinoza Guerra llegó al sector de los edificios desocupados, donde estaban adelantadas dos patrullas de los comandos, les dijo que la misión era ir a matar a unos cabecillas de la guerrilla que estaban en la UCA pero no les dijo que se trataba de los jesuitas).

Hasta entonces habían ejecutado a cinco sacerdotes.

“De repente vimos que un maistro de blanco venía saliendo de un cuarto; cuando vio lo que estaba pasando gritó que no lo matáramos porque él no era de ninguna organización. Sonaron varios balazos y cayó al suelo. Allí quedó tendido sin moverse. Todos lo creyeron muerto. Pero de repente, cuando ya casi nos retirábamos y sólo estábamos verificando que nadie hubiera quedado escondido, alumbrábamos con fósforos o encendedores porque no había luz eléctrica, todo estaba oscuro; entonces el cabo Ángel Pérez Vásquez pasó cerca de él y le agarró una pata”.

Fue en ese momento que el cabo, asustado, según comentó posteriormente a sus compañeros, le dispara varias veces. Aquel sacerdote era el único salvadoreño. Era  el padre Joaquín López y López.

“Supuestamente, el cabo se asustó cuando sintió que le agarraron el pie. Era uno de los jesuitas que había quedado vivo a pesar de que ya le habían disparado. Si no le hubiera agarrado la pata, hubiera quedado vivo”, detallan las fuentes.

Otro soldado de la segunda patrulla recuerda así aquel momento: “Yo con un encendedor andaba viendo que todos estuvieran muertos. Mi misión era verificar que todos estuvieran muertos, que no hubiera nadie vivo; en esos días de la ofensiva no había luz. La cosa es que como andábamos verificando y ya sabían los viejos de arriba (alto mando de la FAES), y ese Cuenca Ocampo ya sabía cuántos eran. Él era de los de adelante guiándonos, él ya sabía a dónde íbamos.  Si hubiera faltado uno hubiéramos seguido allí”.

Pero en cuanto al jesuita Joaquín López y López,  un comando cree que si no se hubiera movido, lo habrían dado por muerto. “Si, digamos,  no lo hubiera visto el cabo, si no hubiera asustado al cabo agarrándole la pierna tal vez hubiera sobrevivido o quizá se hubiera muerto desangrado”.

“Y mi sargento Zarpate viene y por allí halló a la señora de 34 años y a la hija de 17 años; les dio también. Él les dio (mató) a la maitra y a la hija. Allí los terminamos a todos…”.

La participación de Zarpate Castillo con su tercera patrulla, es de acompañante nada más. Sin embargo, ya en el momento salió como actor de los asesinatos, pues le dieron la orden de disparar contra las mujeres. “Hubo una orden: dales (matalas)”, asegura un soldado.

A las dos mujeres ya les había disparado el soldado Jorge Alberto Sierra Ascencio, él único de los hechores materiales que no ha sido juzgado porque desertó antes de que el alto mando de la Fuerza Armada ordenara la detención de los dos oficiales, dos subsargentos, un cabo y un soldado.

Con las dos mujeres sucedió algo parecido a lo del padre López y López. Tal vez hubiesen sobrevivido, pues ya las daban por muertas, pero el dolor de las heridas las hacía quejarse muy fuerte. “Uno de los soldados escuchó los quejidos y se percató que estaban vivas. Fue entonces que le ordenaron a mi sargento Zarpate que se asegurara de dejarlas muertas”.

A pesar de lo siniestro de aquella misión; a pesar de que saben que han ejecutado una masacre, un soldado apodado Chachuama aún tiene tiempo y nervios para tomarse una cervezas, unas Pílsener que encuentra en un refrigerador que hay en la residencia de los jesuitas; y cuando ve a Amaya Grimaldi (Pilijay) también le ofrece una. Aquel no desprecia la invitación. Se la bebe con la tranquilidad que cualquier persona lo haría al llegar a casa después de una agitada jornada de trabajo.

En la próxima entrega:

Un coronel salvadoreño le contó a un asesor estadounidense quién había ordenado la masacre

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