“Lo hice yo… ¿Qué puedes hacer para ayudarme? ¿Qué podemos hacer sobre esto”

Después de disparar a tres sacerdotes, el soldado Pilijay se bebe tranquilamente una cerveza. El jefe de los comandos del Atlacatl hace un reclamo minutos después de cometer la masacre. Semanas después, un coronel salvadoreño le cuenta a un mayor estadounidense quién había dado la orden de matar a los jesuitas.

Son las 2:30 de la madrugada del 16 de noviembre, seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres que les colaboraban en la residencia, han sido asesinadas por un grupo de operaciones especiales del Batallón Atlacatl.

 

“El trabajo ya estaba terminado y la señal para retirarnos de la UCA ya la habían dado. La señal era que lanzarían una bengala (una luz)”, comenta un soldado.

Después de beberse la cerveza, Pilijay se retira de la UCA como si nada hubiera hecho, llevándose como trofeo de aquella misión, el reloj que le quita a una de sus víctimas.

Aquí puedes leer las entregas anteriores:

  1. Comandos del Atlacatl ¿llamados a proteger la cúpula militar o designados para ejecutar una masacre?
  2. “Vamos a caer; nos vemos en el techo de la embajada, al estilo Saigón”
  3. “Satanás, vos con tu patrulla te vas a dar la misión”

“En ese momento desde la torre Cuscatlán nos tiran con una tostona (ametralladora calibre Punto 50) para allí. Era fuego de la misma FAES, ellos nos estaban tirando porque no sabían que nosotros andábamos allí y habían oído la disparazón”.

En lo alto de la Torre Cuscatlán hay una unidad de soldados de la Primera Brigada de Infantería, apostados con una ametralladora Punto 50, quienes al escuchar los disparos y ver luces dentro del recinto de la UCA, comienzan a disparar hacia el campus.  Lo que cuentan los comandos difiere un poco de lo que consta en el proceso judicial en el cual se indica que en la Torre Democracia estaba una patrulla de agentes de la Policía de Hacienda pertenecientes al Batallón Libertadores.

“Y si no trabajamos rápido en esa operación, nos matan. El asunto es que en la Torre Democracia había una patrulla con la Punto 50 y cuando oyó el pijaseyo (los disparos), empezaron a tirarnos con la Tostona. Y salimos en guinda. Eran como las 2.30 de la mañana. Y llegamos a la Escuela militar por detrás, por donde está una comunidad marginal (La comunidad Palermo)”, explica uno soldado.

El “pijaseyo” del que la fuente habla es la simulación de un combate que los comandos hacen dentro del mismo recinto universitario. Quien lo ordena es el teniente Mendoza Vallecillos. Este les dice que hagan una “charamusca”, (escaramuza). Unos cuantos soldados disparan en dirección a la residencia de los jesuitas con una ametralladora M-60, con M-16. Pilijay dispara con el AK-47 y lanza un cohete Low, este es un cohete antitanque.

Aquel “enfrentamiento” se escucha en la Escuela Militar. Sin embargo, ninguna de las unidades militares que se encuentra en los alrededores de la UCA reporta haber entrado en combate con guerrilleros. No hay constancia de eso. En el centro de Antiguo Cuscatlán hay una compañía al mando de un teniente de apellido García Oliva. Desde el Estado Mayor nadie pregunta si alguna unidad ha trabado combate en el perímetro de seguridad del complejo militar.

Lo normal era que al escuchar el tiroteo, los radio operadores el Estado Mayor Conjunto preguntaran a las unidades que estaban en el sector de Antiguo Cuscatlán si tenían novedades; o éstas reportaran la novedad, es decir, el enfrentamiento, para que les repusieran la munición o tomar otras acciones tácticas. Pero no hubo nada de eso.

En cuanto llegaron a la Escuela Militar, la sección de Comandos sólo se queda un momento en esas instalaciones, sin decir nada a nadie sobre lo que han salido a hacer. Menos de tres horas después salen a Mejicanos, donde el batallón está combatiendo fuertemente con grupos guerrilleros entremezclados con la población civil que habita las colonias de ese municipio.

Ningún comando dijo nada de la misión, excepto el teniente Espinoza Guerra que en cuanto llega a la Escuela militar buscó al coronel Benavides y le expresa:

— Mi coronel, esto que se ha hecho no me ha gustado

— Calmate, no te preocupés. Tenés mi apoyo

— Eso espero, mi coronel

El teniente no cuenta con que, como él, el coronel caerá; que sus compañeros de La Tandona no podrían ni siquiera amortiguar la caída. O tal vez lo dejaron caer solo para que no arrastrara a nadie más de aquella promoción graduada de subtenientes en 1966. O quizá sería la pieza a sacrificar para proteger a las demás.

A las 5:30 de la mañana del 16 de noviembre de 1989, la Sección de Comandos y el resto de tropa del Atlacatl que había llegado al anochecer del 13 de ese mismo mes, abandonó las instalaciones de la Escuela Militar. Le habían ordenado que se uniera al batallón.

Ya no era útil al Comando de Seguridad del Estado Mayor aunque la ofensiva guerrillera seguía amenazando las instalaciones de ese complejo militar, tanto así que el 21 de noviembre, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) Joao Baena Soarez quedaría atrapado en el Hotel Sheraton, ubicado a unos mil metros de la Escuela Militar. La amenaza era fuerte, cuando los comandos del Atlacatl son enviados a unirse con el resto del batallón.

¿Por que la Unidad de Comandos del Atlacatl es enviada a catear la UCA a pocas horas de haber llegado a la Escuela Militar? ¿Por qué menos de tres horas después de matar a los jesuitas, los envían a la Zacamil?

Jesuitas-documento

Solo un par de horas después de retirarse de la Escuela Militar, la sección de comandos del Atlacatl ya anda en las las estribaciones del volcán de San Salvador y el norte de la capital, combatiendo fuertemente contra la guerrilla. Para entonces, los comandos ya presienten que su crimen está por ser descubierto por los mismos militares.

Los cinco de tropa que habían asesinado a los seis jesuitas y a las dos colaboradoras, como previsión, piden que les cambie los fusiles; de esa forma podrán evadir la prueba balística. Los  jefes no les prestan atención. No tarda mucho en que aquel presentimiento se vuelva realidad.

El 11 de diciembre, la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos pide que le entreguen todos los fusiles de los elementos de tropa que habían dado protección al complejo militar. Le practicarán la prueba balística.

A los pocos días, los Estados Unidos corta la ayuda militar. Toda la ayuda mientras El Salvador no diera muestras claras de tener la voluntad de investigar el caso y capturar a los responsables.

Tras el retiro de la ayuda militar, el alto mando de la FAES ordena al teniente coronel Manuel Hermenegildo Rivas Mejía, como jefe de la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos, que agilice el caso.

“Y a quiénes iban a capturar sino a nosotros”, comenta uno de los elementos de tropa que participó en la masacre pero que pide, por temor, no ser identificado.

“Ellos ya sabían”, asegura otro soldado del Atlacatl, refiriéndose a los Estados Unidos.

A este comando le resulta imposible que los asesores que estaban en el Batallón Atlacatl y en el Estado Mayor no supieran nada de la masacre.

Entre el 15 y 16 de diciembre, Tomás Zarpate Castillo, Ramiro Antonio Ávalos Vargas, Ángel Pérez Vásquez y Óscar Mariano Amaya Grimaldi fueron entrevistados por la CIHD sobre el asesinato de los jesuitas. Ellos solo admitieron haber participado en el cateo pero negaron haber salido de la Escuela Militar en la noche del 15 y 16 de noviembre.

Les ordenaron que eso dijeran.

Otro comando advierte: “Los gringos, ellos mismos son los que hacen el show. Yo me detengo porque aquí en el país no hay un… Yo si tengo ganas de reventar esta babosada”, dice un soldado de los 45 que participaron en el operativo cuando ejecutaron a los sacerdotes jesuitas y a dos de sus colaboradoras.

En efecto.

No estaban equivocados. Es un “gringo” el que precipita la investigación que avanza a marcha forzada. Tanto así que la Unidad Ejecutiva de la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos no ha incorporado a sus investigaciones la reina de las pruebas que hasta ese momento tenía contra los comandos del Atlacatl.

Eran los últimos días de diciembre y la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos ya había hecho todas las pruebas balísticas a los fusiles de la Unidad de Comandos, incluyendo los de los dos oficiales. La prueba daba como resultado que dos fusiles de esa unidad habían disparado algunas balas con las que mataron a los jesuitas.

Un silencio estruendoso reina en ese caso.

Para entonces la Fuerza Armada maniobra en otro flanco.

Ya se ha dado un paso firme en el sentido de ocultar el crimen o por lo menos sacarle las castañas del fuego al coronel Benavides. A mediados de diciembre, el entonces mayor Camilo Hernández Barahona ordena quemar los libros de novedades y de entrada y salida de jefes y oficiales de la Escuela Militar. Él era el segundo al mando de la escuela.

Juan René Arana Aguilar es uno de los empleados administrativos de la “Cuna de valientes”, encargado del archivo. Un día de mediados de diciembre, en un pasillo de la Escuela Militar se encuentra con el mayor Hernández Barahona, subdirector del alma máter de la mayoría de oficiales salvadoreños.

El mayor le ordena que reúna todos los libros de noviembre de ese año y que le dé parte cuando hubiese cumplido la orden. Eso fue como al mediodía. A las 21 horas, Arana Aguilar va al despacho del mayor y le da parte de que ya tiene los libros. El jefe le responde que se mantenga pendiente, expresión que en la jerga militar equivalía a decirle: en cualquier momento te los van a llegar a pedir.

Por razones del servicio y por la emergencia nacional, aquella noche Arana Aguilar se queda a dormir en la bodega del archivo, no se puede ir para su casa, en una colonia de Soyapango. A la media noche, es despertado por alguien que golpea la puerta de la bodega del archivo. Es el teniente Yusshi René Mendoz Vallecillos. Lo acompañan cuatro cadetes. Llega para llevarse los libros. Y le dice claramente que se los lleva para quemarlos. El mayor también le ha manifestado lo mismo.

Esa decisión es tomada luego de que el teniente Mendoza se percata que el cadete que estuvo de comandante de guardia en la Escuela Militar de las 0800 horas del 15 de noviembre a las 0800 del 16 de ese mismo mes, ha anotado la salida de los dos pick ups Ford 250 en que parte de la sección de comandos salió a matar a los jesuitas. El cadete solo ha cumplido con sus obligaciones.

El soplo al norteamericano

Todo parece marchar hacia un encubrimiento. Las piezas movidas hasta ese momento de la investigación parecen ir en ese camino. O al menos caminar muy, pero muy despacio.

Pero la relación de trabajo que hay entre un coronel salvadoreño y un mayor de la armada estadounidense que está como asesor con el Grupo de Militares de Estados Unidos en El Salvador, será la fuerza que impulsará las investigaciones en unos pocos días; en menos de un mes para ser exactos.

Con eso no contaba el Alto Mando.

El 20 de diciembre, el coronel Carlos Armando Salvador Avilés Buitrago, jefe del Conjunto V (Operaciones Sicológicas, hoy llamada también Relaciones con la Comunidad) del Estado Mayor le dice durante un almuerzo al mayor Eric Warren Buckland que le dará una información que sólo debe ser utilizada en caso de emergencia, es decir, en caso de que a él le suceda algo malo.

La información es la siguiente:

Días antes, Avilés Buitrago sostuvo una conversación con el coronel Nelson Iván López y López, con quien tenía una relación de amistad. Tanto Avilés Buitrago como López y López han sido jefes de la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos.

A principios de diciembre, López y López fue asignado para que le ayude al teniente coronel Hermenegildo Rivas Mejía en el caso Jesuitas. Y por ahí se filtra la información.

Avilés Buitrago le comenta a Buckland que López y López le había dicho que el coronel Rivas Mejía le confesó que al inicio de la investigación, el coronel Benavides se le había acercado para decirle: “Lo hice yo… ¿Qué puedes hacer para ayudarme? ¿Qué podemos hacer sobre esto”.

El mayor Buckland queda asombrado por lo que escucha. De inmediato pide a Avilés que se explique mejor: ¿Qué quieres decir? ¿Que fue Benavides quien asesinó a los jesuitas?.

Bucklan no sale de su asombro. O tal vez aparenta estar asombrado.

— No, fue el grupo de operaciones especiales del Atlacatl, respondió.

–¿Quién más sabe?… ¿Ponce?.

Pero Avilés no sabe a ciencia cierta si el coronel René Emilio Ponce, jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada (JEMCFA) ya está enterado de eso. Al mayor Buckland le dice que supone que el teniente coronel Rivas Mejía  o que el coronel López y López ya le han informado. Pero no estoy seguro de eso, le aclara.

El mayor Buckland le tiene mucho aprecio a Avilés Buitrago y por eso respeta la advertencia que le  hace: “la información solo debía ser usada en caso de emergencia”. Y también cree que las autoridades que están a cargo de la investigación ya lo saben y, por tanto, no es necesario que él se lo cuente a alguien más.

Pero el 2 de enero de 1990, Buckland cambia de opinión. Decide informar a su superior, el teniente coronel William Hunter. Este, a su vez, se lo cuenta al  jefe de asesores estadounidenses en El Salvador, el coronel Milton Menjívar. Y éste no se anda con remilgos.

Menjívar, Junto a una funcionaria política de la Embajada Americana va a visitar al coronel Ponce. Al escuchar a Menjívar, Ponce se muestra incrédulo pero de inmediato pasa a ponerse furioso y exige que le digan la identidad de la fuente. Menjívar se lo dice. Es el coronel Avilés Buitrago.

Buckland está en su casa cuando recibe una llamada telefónica en la cual Menjívar le ordena presentarse al despacho del coronel Ponce. En ese momento son las 19:00 horas (7:00 p.m.) del 2 de enero de 1990.

Por su parte, Ponce le ordena al coronel Avilés Buitrago que se presente a su despacho. Una vez frente a frente con Buckland, el jefe del Conjunto V niega rotundamente haber comentado algo sobre el asesinato de los jesuitas.

“Si yo hubiera sabido esto ¿por qué habría arriesgado mi carrera contándole al mayor?”, dice ante Ponce, ante la funcionaria política de la embajada de Estados unidos y ante el coronel Menjívar y el mismo Buckland, su amigo, quien no ha respetado la condición de que no debía contar nada a nadie a menos que le ocurriera algo malo.

En esa reunión termina aquella amistad tan grande que incluso llevó a Buckland a pasar las fiestas de fin de año (de 1989) en casa Avilés Buitrago.

Transcurrirán sólo tres días, después de aquella reunión, para que los resultados de las investigaciones sean reveladas y los responsables capturados. Algunos de éstos ya lo presienten.

Días antes de que Avilés Buitrago hiciera aquella revelación al mayor Buckland, en una conversación que sostienen en los últimos días de diciembre de 1989, mientras se desplazan en un vehículo, el primero le comenta que ha visto a Benavides en la Escuela Militar y que está muy flaco y se le mira taciturno, como si le preocupara algo.

Y el coronel lloró al entregar a sus soldados

“Yo estoy casi seguro que el coronel (Óscar Alberto) León Linares no tiene nada que ver en este asunto (masacre de los jesuitas). Nos utilizaron a nosotros pero él no sabía nada. Estaba en la zona de Mejicanos, combatiendo. Creo que a él lo están fregando porque piensan (los acusadores) que por ser comandante del batallón debía saber todo lo que hacíamos nosotros (la sección de comandos)”, opina uno de los  entrevistados.

Sin embargo, el soldado que comentó lo anterior no sabía que León Linares estuvo presente en la reunión que sostuvo el Alto Mando de la Fuerza Armada la noche del 15 de noviembre. Éste, no obstante, declaró ante el juez de la causa, el doctor Ricardo Alberto Pérez Zamora, que la Unidad de Comandos no estaba bajo sus órdenes y que cuando llegaba a las reuniones en el Estado Mayor nunca los vio ni platicó con ellos.

Otros comandos entrevistados indicaron que el día que le tocó entregar a los dos oficiales, a los dos subsargentos, al cabo y al soldado, lo vieron llorar; a aquel coronel duro para enfrentarse a la guerrilla, se le deslizaron abundantes lágrimas por debajo de aquellos lentes oscuros que se había puesto, sin duda, para aquella ocasión.

Los soldados dicen que él les mintió.

Corría el 5 de enero de 1990; la sección de comandos está en las alturas de la colonia Escalón. Hasta allá llegó y les dice que los moverá para otra posición. Y desde la colonia Escalón, toda la sección baja caminando hasta la Escuela Militar.

Cuando llegan a la Escuela Militar, la sección de comandos les ordenan formar en tres columnas. A los dos oficiales y a los cuatro elementos de tropa les quitan el equipo, es decir, el fusil, la mochila y las municiones que cada uno carga.

En ese momento León Linares les da otra excusas: Serán enviados a uno de los tres cuerpos de seguridad (a la Policía Nacional) por tres días como parte de una investigación.

Pero todo resulta falso.

Esos tres días se hicieron 21 meses; tres meses estuvieron en las bartolinas del sótano del cuartel general de la Policía Nacional, conocido como El Castillo, mismo que hoy ocupa la Policía Nacional Civil. Durante esos tres meses a ninguno de los cuatro los sacan ni un instante a tomar el sol. En el mismo sector donde los recluyen, hay muchos guerrilleros presos. “En esos tres meses no vieron la luz del día ni a su familia”, relatan las fuentes.

En su declaración judicial, León Linares dice que el 5 de enero le ordenaron que se presentara al Estado Mayor, donde le informaron que dos fusiles de la unidad de comandos aparecían involucrados en el asesinato de los jesuitas y que debía desarmarlos y llevarlos a los tres cuerpos de seguridad (Guardia Nacional, Policía Nacional y Policía de Hacienda) donde quedarían bajo arresto para ser investigados.

Luego de escuchar eso, León Linares pide autorización para hablarles a sus soldados con la verdad. Se lo permitieron. Es entonces que regresa a la Escuela Militar y ordenó a los comandos que hicieran una formación de tres filas. En ese instante les dijo que los están acusando de matar a los jesuitas. Uno a uno, los seis involucrados le entregan el fusil y demás equipo militar.

A solo tres días de que los asesores norteamericanos encararan a Ponce con lo que saben de la masacre, la investigación pasó de ir a marcha forzada, a ir al trote.

De inmediato, la Fuerza Armada formó una comisión de honor, conformada por altos oficiales de la institución castrense; entre los que más recuerdan es al general Juan Rafael Bustillo, quien al igual que el coronel (en aquel entonces teniente) Héctor Ulises Cuenca Ocampo, ha sido incluidos en el proceso judicial por la Audiencia Nacional de España; sobre ellos pesa una orden de captura internacional. También había otros generales cuyos nombres no recuerdan las fuentes. O tal vez no quieren mencionarlos.

Pero en documentos judiciales se consigna que la Comisión de Honor de la Fuerza Armada fue creada para apoyar a la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos y fue formada por el general Juan Rafael Bustillo, el coronel Dionisio Ismael Machuca, el teniente coronel Juan Vicente Eguizábal Figueroa, el mayor José Roberto Zamora Hernández, el capitán Jesús Manuel Grijalva Torres, el doctor Antonio Augusto Gómez Zárate y el licenciado Rodolfo Parker Soto. Estos dos últimos como asesores civiles.

Cuando la Comisión de Honor llegó a interrogarlos, ya llevaban dibujado, esquematizado en rotafolios, todo detallado de lo que había hecho cada uno de los capturados y, por extensión, cada uno de los que habían estado cerca de la escena del crimen.

En esos rotafolios, la comisión de honor llevaba explicado por ejemplo, a quiénes había disparado el soldado Amaya Grimaldi, a cuántos metros les hizo los disparos, en qué parte del cuerpo les habían impactado las balas, cuántos balazos había disparado a cada una de las víctimas. Y así también llevaban dibujado, con esos mismos detalles, al cabo Vásquez Pérez, al subsargento Ávalos Vargas y a Zarpate Castillo.

Fue hasta entonces que cayeron en la cuenta que el teniente Cuenca Ocampo (hoy coronel retirado)  había informado todo. “Él había hecho  muy bien los croquis”. dice un comando.

Lo anterior es lo que algunos ex soldados de la unidad de comandos del desaparecido batallón Atlacatl aseguraron. Sin embargo, en el expediente judicial no se menciona en ningún folio, que Cuenca Ocampo haya estado en la UCA al momento que fueron asesinados los seis jesuitas y sus dos colaboradoras. Únicamente se le menciona como acompañante en el cateo que hicieron dos días antes.

 

Lea en la próxima entrega:

Un asesor norteamericano le dijo al FBI que él sabía que asesinarían a los jesuitas

  1. […] “Lo hice yo… ¿Qué puedes hacer para ayudarme? ¿Qué podemos hacer sobre esto” […]

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