El asesor norteamericano que dijo al FBI que sabía que asesinarían a los Jesuitas

— Pues, hoy es viernes  12 de enero de 1990 y es aproximadamente la una de la tarde. Esta investigación es concerniente a la muerte de los padres jesuitas en El Salvador, ocurrida el 16 de noviembre de 1989.

— Correcto…

Así comenzaba el interrogatorio que el 12 de enero de 1990 le hacía el agente especial Paul H. Cully al mayor Eric Warren Buckland sobre el asesinato de los jesuitas de la UCA-

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Luego de cometida la masacre de seis sacerdotes jesuitas, el 16 de noviembre de 1989, los comandos del Atlacatl fueron enviados a unirse con el resto del batallón en Mejicanos y Ayutuxtepeque. Era cuestión de días para que fueran capturados. A pesar de que la Fuerza Armada intentó cubrirlos.

Un militar estadounidense que fungía como asesor hizo que las investigaciones se agilizaran al revelar todo lo que el coronel salvadoreño Carlos Salvador Avilés Buitrago le había confiado sobre ese crimen.

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La Comisión de Honor creada para investigar la masacre fue formada cuando los subsargentos Tomás Zarpate Castillo, Ramiro Antonio Ávalos Vargas, el cabo Ángel Pérez Vásquez y el soldado Óscar Mariano Amaya Grimal, el subteniente Gonzalo Guevara Cerritos y José Ricardo Espinoza Guerra estaban capturados.

Quienes conformaban esa Comisión de Honor llegaban a las bartolinas donde ellos estaban a coaccionarlos para que se hicieran cargo de cosas de las que, en realidad, no eran responsables.

Pero hubo algunos de los capturados que se les plantaron, a pesar de que sabían el riesgo que corrían. Un riesgo que incluía la muerte. “Yo no he hecho eso que usted me está diciendo”. Los detenidos se defendieron a pesar de que sabían que los podían matar.

El secretario de la comisión de honor, provisto de una máquina de escribir (en ese entonces las computadoras no existían en la Fuerza Armada), iba tecleando lo que cada uno de los detenidos narraba. Entonces, había ocasiones cuando los altos oficiales le decían al secretario: eso no lo anote; eso no lo escriba porque no es así.

“Pues eso anote porque así fue como pasaron las cosas. Yo voy a morir, si es posible, por decir las cosas que yo hice; no me importa si muero por la verdad, pero no me voy a hacer cargo de lo que no hice y que ustedes quieren que yo acepte”, les dijo Ávalos Vargas.

Ya para entonces, la marcada línea entre soldado y superior había desaparecido.

De acuerdo con las fuentes, el subsargento Ávalos Vargas tuvo el valor de decirle a los de la Comisión de Honor, que él respondía por dos muertos y nada más. “Los de la Comisión de Honor le decían que se hiciera cargo de cosas que él no había hecho.

“Saben qué, por la muerte de dos señores respondo yo, pero no más. Si por decir la verdad voy a morir, pues me voy a morir”, les dio Satanás (Ávalos Vargas).

“Ese mismo sargento les dijo que a él lo podían envenenar, lo podían matar como quisieran, pero que había grabado y entregado muchos casetes entre miembros de su familia, con la verdad de los hechos para que si algo le sucedía que divulgaran su contenido”.

Los cuatro elementos de tropa, estos son los dos subsargentos, el cabo y el soldado, dijeron a la Comisión de Honor todo como habían ejecutado la masacre: explicaron por dónde habían entrado, lo que cada uno de los cuatro había hecho y lo que vieron que otros de sus compañeros hicieron.

Pero para sorpresas de ellos, los miembros de esa comisión hicieron oídos sordos a sus narraciones. El secretario solo escribía lo que los jefes militares le indicaban. Los arrestados les gritaban que eso no era la verdad, que el crimen fue cometido como ellos lo relataban.

“Cuando los cuatro camaradas fueron llevados a los interrogatorios, comenzaron a contar que al batallón había llegado el mayor Buckland y ahí fue cuando los generales y coroneles le dijeron al secretario: no, no escriba eso porque no fue así”.

Los cuatro de tropa dijeron la verdad sobre cómo perpetraron la masacre, tanto ante la comisión de honor como ante la CIHD (Comisión Investigadora de Hechos Delictivos); sin embargo, los hicieron firmar unas hojas de papel en blanco en la que plasmaron lo que quisieron. Por eso ellos no aceptaron tales declaraciones ante el juez de la causa, el juez Ricardo Zamora.

“Con la investigación solo estaban comprobando si coincidían todos los datos que dio Cuenca Ocampo. Esa de Cuenca Ocampo es la que vale porque el hizo todo el informe. Hizo los carteles; los hizo con dibujos de muñequitos donde explicaba todo. Decía, por ejemplo, que el subsargento Ávalos Vargas disparó a tantos metros contra fulano y fulano. A los cuatro de tropa les hicieron firmar papeles en blanco”, explicó uno de los comandos entrevistados.

Jesuitas-documento

Fue entonces que comprendieron que todo había sido bien planificado, que definitivamente los comandos del Atlacatl nunca fueron llamados a la Escuela Militar para proteger el centro nervioso de la Fuerza Armada sino para ejecutar una masacre.

“¿Si aquello no estaba planificado de antemano por qué el teniente Cuenca Ocampo se tomó la molestia de tomar notas, de forma minuciosa, de cuanto sucedió en aquella misión?”, se pregunta una de las fuentes.

“Es más, cuando los compañeros supieron que Estados Unidos estaba presionando para que se investigara y capturara a los responsables, pidieron que les cambiaran los fusiles; pero no les hicieron caso. Siguieron usando los mismos con los que habían matado a los jesuitas y a sus empleadas. Era obvio que las pruebas de balística los incriminarían sin lugar a dudas”.

Ninguno de los comandos aceptó ante el juez aquella declaración que presentó la CIHD, la cual habían rendido “de forma voluntaria y ante testigos”.

El informe Buckland

— Bien, está listo?

— Sí

— Bueno, quiero repasar unas cosas con usted para clarificar. ¿Su nombre es?

— Eric Warren Buckland

— Hable más fuerte

— Eric Warren Buckland…

El mayor a quien el coronel Avilés Buitrago confesó lo que sabía de la masacre es sometido a varios interrogatorios y a pruebas de polígrafo. Los resultados de estas pruebas no resultan concluyentes, según el investigador que las hace.

En una declaración jurada ante el FBI (Oficina Federal de Investigaciones) en Estados Unidosm Buckland dice que tuvo conocimiento de que matarían a los jesuitas, aproximadamente diez días antes de fueran ejecutados. Esa declaración consta en el folio 2547 de la causa criminal número 1074/89 + 19/90.

En esa declaración, el asesor norteamericano dice que lo supo más o menos a finales de octubre o principios de noviembre, cuando el coronel Avilés Buitrago le pidió que lo acompañara a la Escuela Militar. En el camino, Avilés le dice que el coronel René Emilio Ponce lo mandaba a resolver un problema con el coronel Benavides y otro oficial que Buckland no conocía.

Buckland dice que Avilés entró al despacho de Benavides y permaneció allí durante 15 minutos. Cuando salió parecía muy incómodo. Avilés le comenta que Benavides era de la vieja escuela y que le gustaba manejar las cosas al viejo estilo.

Avilés le comentó a Buckland que Benavides quería hacer algo acerca de los sacerdotes jesuitas y de las cosas que salían de la UCA; Benavides le dijo a Avilés que Ellacuría era un problema. Y que quería a algunos sacerdotes.

Cuando Buckland le pregunta a Avilés cuál ha sido el resultado de la reunión con  Benavides, aquel le responde que “lo había convencido de no hacerlo”.

Estas declaraciones las hizo el mayor norteamericano entre el 10, 11  y 12 de enero de 1990, en Washington, es decir, ocho días después de que fuera encarado con Avilés en el despacho del coronel Ponce, jefe del Estado Mayor Conjunto.

Es más, en esas sesiones de interrogatorio, Buckland dice que Avilés le había comentado el 15 de noviembre, que “Iban a entrar a limpiar la UCA”.  El mayor dijo a al FBI que percibió un sentimiento de venganza, pues la UCA era un punto clave para la guerrilla, pues muchas cosas estaban saliendo de allí y por eso, el asesor estadounidense pensó que harían un operativo militar pero jamás imaginó  que era para matar a los jesuitas.

Al FBI le dijo que él estaba más preocupado por el fuego aéreo y de artillería sobre colonias populosas, pues matarían a muchos civiles, pero que en cierta manera, sentía empatía con el Ejército salvadoreño al ver lo que estaba haciendo por evitar que la guerrilla tomara el poder y él quería ser parte de ese esfuerzo, que podía salvar a El Salvador.

Tal vez no sería un Lawrence de Arabia pero sí sería un Eric de El Salvador. Eso le dijo al FBI.

Pero  ¿por qué el coronel René Emilio Ponce, jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, tendría que recurrir al coronel Aviles Buitrago para que fuera a calmar los ánimos de Benavides? ¿Acaso no tenía la potestad de ordenarle que se presentara a su despacho para decirle ahí que desistiera de sus intenciones?

Militares de alto rango en situación de retiro, sin vínculos a ese caso no creen que lo dicho por Buckland sea cierto, al menos en eso de que Ponce mandó a Avilés Buitrago como emisario para que desistiera de su interés en matar a los jesuitas.

Buckland no era ajeno a los problemas militares en Centroamérica. Antes de ser asignado a El Salvador, había estado en Honduras donde era conocido como Antonio Luis Bravo. Aquí era conocido como El Chele Buckland.

Pero el 18 de enero, al ser interrogado nuevamente por el FBI en Fort Bragg, Buckland cambia parte de lo que había dicho el 11 y 12 de enero. En resumen, dice que no tenía conocimiento específico previo sobre los asesinatos de los sacerdotes jesuitas ni sobre planes específicos o amenazas contra ellos. Agrega que la información que dio anteriormente, referente a que el coronel Avilés le había dicho a finales de octubre o primeros de noviembre, lo dijo porque se sentía presionado por el FBI.

Pero sí confirmó que el 25 de diciembre de 1989, estando en El Salvador, escribió una carta a su hermana, Carol E. Buckland, en Atlanta, en la que le comentaba lo que el coronel Avilés le había confiado cinco días antes, es decir, que el coronel Benavides había buscado al teniente coronel Rivas Mejía, jefe de la Comisión Ejecutiva Investigadora, para confesarle su responsabilidad y pedirle que le ayudara.

La hermana de Buckland, según consta en documentos judiciales era reportera de la cadena de noticias CNN; sin embargo, según el mayor, él le había hecho énfasis de que no debía divulgar aquella información, que era de hermano a hermana, pues él lo había hecho con el propósito de desahogar con alguien la información que Avilés le proporcionó el 20 de diciembre.

El informe de resultados de la prueba del polígrafo a Buckland decía que “las respuestas no son concluyentes en cuanto a la pregunta a Buckland si proporcionó información falsa sobre el caso de los jesuitas y si tenía conocimiento previo (de que serían asesinados)”.

Por su parte, el coronel Avilés, en su declaración judicial como testigo en el Caso Jesuitas, negó que le hubiera dicho a Buckland que tenía conocimiento previo de que Ellacuría y otros cinco sacerdotes jesuitas de la UCA, serían asesinados o que le dijera algo, el 15 de noviembre, sobre la operación militar que se haría horas después en la referida universidad.

Avilés Buitrago solo fue mencionado como testigo en el el proceso judicial contra los tres oficiales y seis de tropa. Negó rotundamente tener conocimiento previo de que la Fuerza Armada pretendía asesinar a Ellacuría y los otros sacerdotes.

Próxima entrega: Cómo fue el juicio contra los comandos capturados y los oficiales que los comandaron.

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