El juicio ¿ficticio?: Recuerdos de infancia, una novia embarazada e inyecciones para aliviar los nervios

Cada sesión de la vista pública se la pasaban con la mirada clavada en el techo. Uno de ellos recuerda que miraba hacia el plafón que estaba pintado de blanco y salpicado de pequeños puntos negros… Mientras el juez, los abogados y los fiscales hablaban y hablaban, uno de los comandos trataba de contar las manchas negras en el techo. ¿Ya todo estaba decidido?

 

 

Tras pasar varios meses en prisión  por el asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos de sus colaboradoras, ocho militares (cuatro oficiales y cuatro de tropa) son sentados por fin en el banquillo de los acusados para que respondieran por ese crimen cometido el 16 de noviembre de 1989 en plena ofensiva guerrillera, por los comandos del Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl.

Puedes leer las entregas anteriores aquí:

  1. Comandos del Atlacatl ¿llamados a proteger la cúpula militar o designados para ejecutar una masacre?
  2. “Vamos a caer; nos vemos en el techo de la embajada, al estilo Saigón”
  3. “Satanás, vos con tu patrulla te vas a dar la misión”
  4. El asesor norteamericano que dijo al FBI que sabía que asesinarían a los jesuitas
  5. “Lo hice yo… ¿Qué puedes hacer para ayudarme? ¿Qué podemos hacer sobre esto”

Llega el 26 de septiembre de 1992. A los cuatro elementos de tropa no les permiten declarar frente al juez. Previamente, los abogados les han recomendado, más bien les han ordenado, que cuando el juez Zamora les pregunte si declararán, cada uno debe responder que no.

“Los cuatro comandos ya habían explicado todo lo que hicieron aquella madrugada del 16 de noviembre. En el juzgado solo iban a verificar. Pero los abogados les dijeron que debían decir que los habían tenido encerrados en unos sótanos del cuartel general de la Policía Nacional, y que allí llegaron unos hombres cheles altos que andaban un puño de papeles, y que como los mantenían vendados, apenas se levantaron las vendas para firmar unos papeles en blanco. Les recomendaron que dijeran que esos hombres cheles los habían obligado a firmar”.

Algunos comandos del BIRIA recuerdan que los abogados que defendieron a los militares fueron un tal Méndez Flores, un Rodríguez Barahona, uno que le decían Gata Salgado y uno más que le decían el Huevito.

“Les indicaron que dijeran que se sentían presionados, que no les habían dado de comer, que los habían tenido encerrado en celdas oscuras y que necesitaban un médico porque se sentían mal. Así se iba pasando el tiempo. Eso era para que los cuatro camaradas no hablarán ante el juez”.

“Ya todo estaba escrito, según la voluntad de las autoridades, para culpar de todo a los seis comandos y salvar a altos jefes militares”, explica un sargento. Esa es su percepción.

De hecho, las declaraciones extrajudiciales jugaron un papel preponderante en la vista pública o juicio, a pesar de las protestas de los abogados de que las mismas habían sido tomadas fuera de tiempo, sin presencia de abogados de los imputados. Fue el primer juicio que duró tres días.

Portada de una pieza del expediente judicial No. 1074/89 + 19/90 del Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador, hoy Cuarto de Instrucción.

Portada de una pieza del expediente judicial No. 1074/89 + 19/90 del Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador, hoy Cuarto de Instrucción.

Uno de los seis militares del Atlacatl recuerda: “Nos atendían bien. Nos daban esperanza. El Juez Zamora hablaba con nosotros y nos daba esperanza: todo va a salir bien, nos decía. Teníamos cama, comida, doctores. Al nomás terminar tres o cuatro horas, salíamos a receso y nos ponían inyecciones para la tensión y el estrés que vivíamos”.

Cada sesión de la vista pública se la pasaban con la mirada clavada en el techo, sobre el plafón. Uno de ellos recuerda que miraba hacia el plafón que estaba pintado de blanco y tenía manchitas negras… Mientras el juez, los abogados y los fiscales hablaban y hablaban, uno de los comandos trataba de contar esas manchas negras en el techo. Eso era como querer contar las estrellas en una noche de cielo despejado. Realmente, aquellos militares que estaban sentados en el banquillo de los acusados no prestaban atención a lo que se debatía en el juicio, a pesar de que era su libertad la que estaba en juego. Eso cuentan.

A aquel que contaba las manchitas  negras en el techo, a medida que se abstraía de la realidad los recuerdos de su infancia lo asaltaban. Y con cada punto negro que contaba comenzaba a recordar cuando estudiaba primer grado, quiénes eran sus compañeros, quienes eran sus amigos, adónde jugaba, con quiénes jugaba, a dónde iba a traer agua. Así se pasaban las horas sin darse cuenta de lo que decían de él en el juicio. Recordaba todo lo que había sido y había hecho en su infancia de niño pobre campesino. De repente, la realidad lo asaltaba con una sola pregunta: cómo es que había llegado hasta aquella situación en la que de seguro lo condenarían a 30 años de prisión.

Otra fuente recuerda que  cuando su mente andaba volando en otros lugares, muy lejos de aquella sala de audiencias, de repente escuchaba decir que había un receso. Se iban a receso y entonces venían los médicos con las inyecciones. Se las ponían con su consentimiento. “Es que los nervios estaban perros”, recuerda.

Otro recuerda que a cada momento los sacaban a orinar.  “Habíamos firmado una hoja donde decía que si quedábamos condenados íbamos a quedar condenados para 30 años; ya estábamos conscientes que 30 nos iban a zampar”.

Uno de los seis comandos recuerda que como ya estaba consciente de que lo iban a condenar, habló con su novia con quien tenía poco menos de un año de haber iniciado la relación sentimental y le dijo: mire la voy a preñar porque yo creo que de aquí ya no voy a volver a salir. Y así fue. Ella tenía 16 años de edad. Fue el primer hijo de aquel joven militar que estaba siendo enjuiciado por la masacre de la UCA.

“Es que nosotros ya pensábamos en que no íbamos a salir libres; que nos habían echado de cabeza los propios jefes”, añade otro de los militares.

Pero no fue así. Los seis comandos (dos oficiales y cuatro de tropa) estaban equivocados.

Al final de la vista pública, los seis son absueltos de culpa por el Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador. Un jurado de conciencia los declara inocentes; solo declaran culpable al coronel José Alfredo Benavides por todos los cargos de asesinato y al teniente  Yushi René Mendoza Vallecillos por el asesinato de Celina Ramos, la hija de Elba Ramos, colaboradora de los jesuitas.

“El asesinato de los jesuitas ha sido un trauma para él. Por mucho tiempo buscó refugio en el licor y ya borracho se ponía a hablar cosas; decía que él había participado en la Masacre de la UCA”, confiesa un pariente cercano de uno de los comandos que mataron a los seis sacerdotes.

Uno de los 45 elementos de tropa que en noviembre de 1989 era parte de la sección de Comandos del Atlacatl dice que si bien ellos cometieron un error fue porque los engañaron diciéndoles que a quienes iban a matar eran unos cabecillas de la guerrilla.

“Nosotros solo cumplimos una orden, tal vez ni lo queríamos hacer pero si nos hubiéramos negado a cumplirla, a nosotros nos hubieran matado”, explica otro más, quien recuerda que, ya cuando estaban presos, supieron que en quienes habían pensado inicialmente para que mataran a los jesuitas fue en los militares del Comando Especial Antiterrorista (CEAT) de la Policía de Hacienda, dirigido por el capitán José Alfonso Chávez García, de indicativo Chileno, pero éste se negó.

Meses después, este oficial murió en circunstancias misteriosas. Con balazos en la espaldas. Aunque hubo una recomendación para que se investigara la muerte del capitán, nunca se realizó indagación alguna.

De hecho, en el expediente judicial del caso de Jesuitas existe una recomendación para que se investigue las circunstancias en que falleció el capitán Chávez García quien fue señalado de haber perpetrado la masacre a pocas horas de que trascendiera la noticia del asesinato de los jesuitas.

A Chileno lo acusaban anónimamente mediante un escrito elaborado por un supuesto grupo de oficiales jóvenes de la Fuerza Armada. En el mismo acusaban también al coronel Héctor Heriberto Hernández, a la sazón, director general de la Policía de Hacienda y superior directo de Chileno. El señalamiento resultó ser falso.

A consideración de las fuentes, el coronel Inocente Orlando Montano, ahora preso en España, tuvo que haber tenido conocimiento de la orden de asesinar a los jesuitas.  “Él era de la Plana Mayor del Estado Mayor. Es que los del EMCFA están involucrados porque por su cargo debían estar al tanto”, razona uno de los comandos del extinto batallón Atlacatl.

“A nosotros ni trabajo nos quieren dar. No es culpa de nosotros que hayamos hecho lo que hicimos. Nosotros únicamente servíamos al Estado, al gobierno, cuando tuvimos que hacer eso”, dice un militar, a manera de justificación.

La vida no ha resultado fácil de sobrellevar después de que cometieron aquel crimen del que, paradójicamente, resultaron ser inocentes ante un jurado de conciencia.

“Me reúno en la iglesia católica. Me costó porque cuando salí, el padre (sacerdote) todo el tiempo ha hablado en contra de estos casos; y del caso que más hablaba era de este. Ya casi me desertaba de la iglesia. Había momentos que me parecía que eran indirectas las que me tiraba, como que ya me conocía”, comenta uno de los comandos declarados inocentes.

De momento, tres de los seis militares, continúan sus vidas a la sombra de aquel crimen. Uno vive en Usulután, otro en La Paz y uno en La Libertad.

Cada cual ha buscado la manera de escapar de su pasado sin tener resultados. Uno de los dos tenientes es prófugo y otro está en España, colaborando con la justicia española, en tanto que el coronel Benavides purga su condena de 30 años de prisión luego de que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declarara inconstitucional la Ley de Amnistía, decretada en 1993, tras la cual fue puesto en libertad.

A la fecha en que los comandos fueron entrevistados, uno de ellos consideraba que como fueron declarados inocentes en un juicio con un jurado de conciencia, en El Salvador no pueden volverlos a someter a un proceso judicial. Asunto muy diferente es la solicitud de extradición que ha hecho la justicia española que también ha pedido a la Policía Internacional su búsqueda y captura.

La Corte Suprema de Justicia salvadoreña ha dicho que no procede la extradición de los implicados hacia España. Eso parece generar confianza en algunos de los solicitados por la justicia española.

“A nosotros no nos afecta porque ni soñamos con salir de El Salvador”, dice uno de los comandos.

Sin embargo, a finales de 2017, el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana solicitó ante un juzgado de paz de San Salvador, que se inicie un proceso judicial tanto contra los autores materiales, como contra los autores intelectuales de la masacre, argumentando que el juicio en el que fueron declarados inocentes, fue una farsa.

Y hace pocos días, la Fiscalía General de la República informó que se investigará crímenes de guerra cometidos entre 1982 y 1993, entre los cuales está el caso de la Masacre de los Jesuitas…

Y otra vez, la suerte de los Comandos del Atlacatl que participaron en aquella masacre ha vuelto a un punto en que su seguridad jurídica se vuelve más incierta. La espada de la justicia, cual espada de Damocles, pende sobre ellos, aunque a decir verdad, dicen ellos, siempre han vivido en la incertidumbre jurídica. Llevan  casi 29 años viviendo así.

A finales de agosto, el subsargento Tomás Zarpate Castillo murió a consecuencia de una enfermedad que lo aquejó por muchos años y que se le agravó durante la última vez que estuvo en prisión. Este reportaje fue elaborado basado en su testimonio, entre otros.

 

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