Ver, oír y sentir en 500 kilómetros con la caravana de migrantes salvadoreños

Durante poco más de 500 kilómetros fui uno más de los cientos de salvadoreños que huyeron de su país el pasado miércoles. En la caravana van personas que la guían, pandilleros, exconvictos, y hasta algunos que huyen de recuerdos de una desilusión amorosa… Esto es lo que viví en ese periplo.

Marchar sin restricciones sobre México, sin firmar ningún documento, sin ser obligados a ir a un albergue para migrantes, sin entregarse para ser repatriados; eso es lo que los guías de la caravana de salvadoreños querían pero se les negó. Por eso decidieron cruzar el río Suchiate a sabiendas del peligro y de que iban conscientes de que al otro lado los esperaban empleados de migración, policías federales y soldados de la Marina Mexicana..

Tras la negativa de autoridades migratorias de dejarlos pasar sobre el puente donde está instalada la oficina de control migratorio, los más de mil migrantes regresaron a regañadientes al parque  de Tecún Umán. Mientras retornaban iban mascullando insultos hacia los mexicanos y renegando de su suerte.

Ya en el parque, Oxfam Internacional, una organización que dice luchar contra la pobreza, comenzó a entregar a los hombres un bolso conteniendo un kit de aseo personal, tal como había hecho la víspera con las mujeres.

Mientras tanto, otros migrantes encolumnados esperaban turno para recibir un plato de comida: arroz, frijoles molidos, un chorizo o salchicha y tortillas muy delgadas, tanto como para hacer tacos. La.mayoría no había desayunado.

El padre Alfredo Camarena, párroco de la iglesia el Señor de las Tres Caídas, de Tecún Umán, supervisa la entrega de alimentos a migrantes salvadoreños que llegaron el jueves en la mañana.

El padre Alfredo Camarena, párroco de la iglesia el Señor de las Tres Caídas, de Tecún Umán, supervisa la entrega de alimentos a migrantes salvadoreños que llegaron el jueves en la mañana.

Unos pocos jóvenes, entre tanto, fumaban mariguana que un supuesto migrante hondureño les vendía. El olor se esparcía a varios metros esculcando las narices, mismo que pasaba con el olor a pollo campero, distante nomás al cruzar la calle.

El olor a marihuana fue constante mientras los emigrantes estuvieron en el parque de Tecún Umán. Otros optaron por comprar licor. Pero eran unos pocos.

De repente, alguien gritó: vámonos, vamos a cruzar el río. Y aquella multitud que estaba tendida o sentada en el piso, descansando, comenzó a alistar sus maletas.

En cuestión de 15 minutos, el parque quedó vacío de migrantes que caminaban siguiendo al hombre que cargaba siempre un pequeño megáfono para hacerse escuchar. Era uno de tres o cinco guías, aunque ellos se autodenominaban como orientadores, papel que voluntariamente se habían agenciado, dijeron.

Y llegaron a la ribera del río. Del lado guatemalteco, cientos de salvadoreños desesperados; al otro lado del Suchiate, decenas de policías federales, empleados de migración y soldados de la Marina mexicana, caminando en paralelo.

Unos trataban de encontrar un tramo donde el río estuviera sin mucha agua ni fuerza, los otros trataban de disuadirlos para que se mantuviera en territorio guatemalteco. Pero los migrantes estaban decididos. Con presencia o no de autoridades mexicanas en la otra orilla, el cruce estaba decidido.

Al cabo de caminar unos 30 o 45 minutos, de repente los salvadoreños comenzaron a avanzar sobre el río. Una gran masa que ya en territorio mexicano formaban una zeta.

Los últimos en cruzar. Una pareja y su hijo fueron los últimos en cruzar el río Suchiate. Con niños, la marcha se vuelve más lenta.

Los últimos en cruzar. Una pareja y su hijo fueron los últimos en cruzar el río Suchiate. Con niños, la marcha se vuelve más lenta.

¡Actitud rara! Las autoridades mexicanas los dejaron pasar sin la menor intención de detenerlos. No hubo disparos, ni gas o bombas lacrimógenas como sucedió con la caravana de hondureños. Se esperaba que los atraparan.

Por lapso de unos 30 o 40 minutos, el paso de migrantes por las aguas amarillentas del Suchiate fue un amargo espectáculo.

Medio centenar de guatemaltecos se arremolinaron a la orilla del río para ver y para desear buena suerte a aquella masa humana que parecía decidida a marchar sobre suelo mexicano hacia un muro de soldados, fusiles y alambre razor que podría costar alrededor de 200 millones de dólares a la administración Trump, según un análisis publicado por el Washington Post.

De entre los espectadores guatemaltecos surgieron dos hombres jóvenes que fueron clave ayudando a mujeres, viejos y niños para evitar una tragedia. Uno de ellos vestía una camisa blanca con un gran número 13.

Éste era el más activo de los dos. Iba y venía por los aproximadamente 400 metros de anchura del río. Por su trabajo de balsero conoce como la palma de su mano los recovecos del río Suchiate en el tramo que pasa por Tecún Umán. Al final, cuando el joven volvía a su lugar de trabajo, le di las gracias por su ayuda.

Cuando faltaba que pasaran solo unos cuantos rezagados, en el lado mexicano ya sin tener contacto visual con el grueso de los inmigrantes, se escucharon varios gritos de la muchedumbre. Periodistas que cruzaron el río y se internaron varios kilómetros en suelo mexicano aseguraron que hubo un momento en que las autoridades intentaron cortar el paso a los migrantes, pero al final desistieron cuando vieron que aquella masa humana los superaba, por mucho, en número.

Organizados desde Tecún Umán

En cuando me uní al primer grupo de migrantes, en la zona conocida como El Poliedro, municipio de Colón, tuve la percepción de que aquello era todo un desorden; que nadie estaba guiando a aquella multitud de mujeres, niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad.

La gente caminaba en grupos, pequeños o grandes hacia la frontera de San Cristóbal, en el municipio de Candelaria de La Frontera, Santa Ana. Pedían aventón a cualquier pick up, rastra o camión, incluso, algunos tuvimos que pagar un autobús hacia Santa Ana y luego buscar cómo llegar hasta la frontera.

Con tal de lograr avanzar en vehículo unos cuantos kilómetros, los salvadoreños se olvidaban de la seguridad. Tanto en El Salvador como en Guatemala, muchos conductores se arriesgaron a ser sancionados por llevar sobrecargados sus vehículos.

Con tal de lograr avanzar en vehículo unos cuantos kilómetros, los salvadoreños se olvidaban de la seguridad. Tanto en El Salvador como en Guatemala, muchos conductores se arriesgaron a ser sancionados por llevar sobrecargados sus vehículos.

Cruzando la frontera, la marcha prosiguió casi de igual forma. Pero los tramos que algunos caminamos fueron más largos. Pero algo sorprendió a muchos. En la frontera había tres autobuses muy grandes que por el equivalente a cinco dólares (30 quetzales) hicieron viajes directos hacia la ciudad de Guatemala. Muchos iban de pie. Yo fui uno de esos, pero una salvadoreña me permitió sentarme por ratos en el brazo del asiento.

Como a las 6:00 de la tarde del mismo miércoles estábamos entrando a la ciudad de Guatemala; es una hora en que el tráfico está a reventar. Avanzábamos a vuelta de rueda como una hora.

Al cabo de unos 20 minutos que el bus no avanzaba nada, el conductor dijo que podríamos llegar más temprano si avanzábamos a pie, que solo hacían falta unas 10 cuadras para llegar al albergue de migrantes que está en la Zona 1.

Todos nos bajamos. Lo mismo hicieron los de otro bus que iba cerca, así que aproximadamente unas 100 personas comenzamos a caminar siguiendo a quienes nos habían dicho que nos subiéramos al bus cuando estábamos aún cerca de la frontera con El Salvador.

No sé cuántas cuadras caminamos pero avanzamos más de una hora, en marcha rápida y nunca llegábamos al bendito albergue. Quienes iban a la cabeza de la marcha no esperaban a nadie; cada migrante tenía que esforzarse por mantener un ritmo de velocidad que por lo menos permitiera ir a unos 25 metros del que iba adelante.

Era fácil distinguir quién era parte de la caravana: mochilas abultadas y recipientes con agua, algunos ya vacíos. El olor a sudor también era fuerte por donde la columna de migrantes iba pasando. Los guatemaltecos simplemente nos abrían paso y nos daban indicaciones de cómo llegar al albergue.

Allí en la ciudad de Guatemala quedaron muchos rezagados. Aquellos que no pudieron mantener el ritmo de avance.

Vi a dos o tres mujeres que iban con el rostro sudoroso y anegado en llanto; avanzaban despacio porque cargaban a sus hijos en brazos; la mayoría los llevaba sobre la nuca para poder llevar en una mano alguna maleta o una pichinga de agua.

Las muecas de cansancio, de dolor y de llanto en el rostro de una mujer cuya edad tal vez no pasaba de los 25 años, me caló profundo. Llevaba un niño en brazos. Iba ella sola y su hija. Avanzaba despacio.

Cuando vi ese cuadro, no pude evitar acordarme de Guillermo, de Sigfrido, de Funes, de Saca… y de todos los políticos de todos los partidos que han robado, malversado o despilfarrado dinero público con el que pudieron haber creado un país con las condiciones necesarias para que esta gente no tuviera que abandonar su país porque ya no tienen ninguna esperanza.

Después del mediodía del mediodía del jueves 1 de noviembre, Daniel Araujo, su esposa y sus tres hijos llegaron al parque de Tecún Umán. A pesar del viaje, esa misma noche los tres niños se unieron a otros para divertirse con los juguetes que llevaban.

Después del mediodía del jueves 1 de noviembre, Daniel Araujo, su esposa y sus tres hijos llegaron al parque de Tecún Umán. A pesar del viaje, esa misma noche los tres niños se unieron a otros para divertirse con los juguetes que llevaban.

Y no sólo políticos, también empresarios deshonestos que evaden el pago de impuestos o que consiguen que se les adjudiquen proyectos públicos a través de sobornos que encarecen las obras.

Aquella mujer avanzando despacio con su bebé en brazos era solo uno de tantos cuadros lastimeros que vería en la travesía.

Continuamos avanzando rápido buscando el albergue de la Zona 1. De repente, la columna se detuvo. Unos sugerían que íbamos por el rumbo equivocado, otros insistían en mantener la misma dirección en que avanzábamos.

Allí la columna se dividió en quienes continuaron hacia el albergue y otro grupo que decidió  que avanzáramos hacia la terminal de buses que nos llevarían hacia Tecún Umán. Yo decidí seguir a este último grupo.

Continuamos caminando por más tiempo hasta que la columna se detuvo. Quienes iban a la cabeza habían decidido descansar un poco para esperar a los rezagados. A esas alturas de la marcha ya había gente con los pies ampollados.

Algunos aprovechamos para aprovisionarnos de agua o algunas golosinas para comer mientras avanzábamos. Todos a quienes preguntábamos sobre la ubicación de la terminal nos decían que nos faltaban varios kilómetros por llegar.

Por suerte se me ocurrió  preguntarle a una señora que estaba comprando en un supermercado; la orientación que recibí fue muy valiosa. Además, me indicó que no necesitaba pagar taxi pues el transmetro me llevaría directo por solo un quetzal.

Cuando salí del supermercado logré ver a algunos migrantes y les grité para decirles que por un quetzal podríamos ahorrarnos ocho kilómetros. Unos no me creían pero al final decidieron seguirme.

En el transmetro tardamos unos 30 minutos en arribar a la terminal. Cuando llegamos, a eso de las 10:30 de la noche ya había muchos salvadoreños tendidos en el piso o preparándose para descansar un rato. Fue en ese momento en que comencé a notar a la gente que tenía cierto liderazgo en la caravana.

En ese lugar calculé que había unas 200 personas, incluyendo a muchos niños que no tardaron mucho en dormirse entre muchos adultos. Los migrantes continuaban llegando a la terminal. Algunos se fueron directo a los autobuses hacia Tecún Umán.

Los buseros se aprovecharon de los migrantes. El pasaje cuesta 80 quetzales, equivalentes a 10 dólares, pero a los migrantes les decían que por 15 dóalres los llevarían directo al puente que cruzarían hacia México. Y no se bajaron de ese precio.

Cerca de las 2:00 de la madrugada, la terminal quedó vacía. Un grupo de unos 25 salvadoreños que no tenían para pagar el pasaje salieron a pie de la terminal.  Tomé un bus y emprendí el camino hacia la frontera. Me cobraron 15 dólares.

Por toda la carretera hacia Tecún Umán iba gente que avanzaba a pie o en camiones que se detenían a darles aventón, luego otra vez a caminar. En uno de esos grupos iba José Fredy Villegas Jandres, un hombre originario de San Miguel, que desfalleció en el municipio de Ayutla y murió después en el hospital a donde fue trasladado.

José Fredy era pandillero. Quizá quería escapar de su organización, quizá de la justicia salvadoreña, quizá, quizá. Nadie lo sabe de momento. Lo cierto es que en esa caravana, tan solo en el grupo al que me uní, iban varios mareros, varios pandilleros.

Los vieron con hambre y les dieron de comer…

Cuando llegué al parque central de Tecún Umán, a eso de las 7:00 de la mañana del jueves, encontré a unos 300 migrantes, algunos estaban acomodándose mientras que otros hacían una larga columna para poder recibir un plato de comida para desayunarse.

La Parroquia del Señor de las Tres Caídas ya estaba preparada para proporcionar alimentación a los migrantes. Lo mismo hicieron la primera caravana de salvadoreños y con los de Honduras.

El sacerdote Alfredo Camarena me comentó que con recursos propios, aunque escasos, la parroquia daba alimentación a los inmigrantes hasta donde les alcanzara los que había preparado. Pero eso no era cierto del todo, sí, porque cuando fui testigo de que cuando se les terminaron los frijoles y tamales que habían preparado para repartir el jueves en la mañana, echaron manos de sopas conservadas; el asunto saciar el hambre de los cientos de salvadoreños.

Durante todo el jueves, incluso en la noche, migrantes salvadoreños siguieron llegando. Se notaba eso porque cada grupo era recibido con silbidos y aplausos. Y con un plato de comida dispensada por la parroquia dirigida por Camarena o por cualquier alma caritativa. El agua en bolsa la estuvo repartiendo la Cruz Roja de Guatemala.

Realmente los guatemaltecos se portan bien con los migrantes. Agua, comida, cartones para que no duerman en el puro cemento… muchos prestaron sus camiones para transportar, aunque fuera unos pocos kilómetros, a cuanto migrante alcanzaron en las carreteras.

Después de caminar por más o menos dos horas, una señora me indicó que por un quetzal, el transmetro nos llevaba hasta la terminal de buses que viajan a Tecún Umán.

Después de caminar por más o menos dos horas, una señora me indicó que por un quetzal, el transmetro nos llevaba hasta la terminal de buses que viajan a Tecún Umán.

Y los buenos deseos de que todo saliera bien a aquellos peregrinos fueron abundantes: Cúbranse con la sangre de Cristo; que Dios los lleve con bien. Rezaremos por ustedes. Y también no faltaron las críticas a los gobiernos salvadoreños por hacer de El Salvador un país que obliga a sus ciudadanos a buscar un mejor destino.

Modorra, hambre, marihuana… licor

Una vez instalados en el parque, los migrantes salvadoreños buscaban dónde bañarse, lavar ropa y descansar. Ah, pero siempre atentos a cuando llegaba alguna clase de ayuda. En ese caso, la necesidad vencía al cansancio. Se levantaban y corrían ha hacer cola para lograr algo.

Muchos se fueron a bañar al río Suchiate, distante un kilómetro del parque central. Otros iban a hacer lo mismo a la casa del migrante y luego regresaban a dormir o a jugar con los niños que llevaban a pesar de que tuvieran sueño.

Unos pocos se dedicaron también a fumar marihuana o a ingerir licor. La marihuana la proveía un joven que decía ser hondureño y que se había mezclado con la muchedumbre salvadoreña. En pleno día, se los miraba humedeciendo papel periódico, recortando pequeños trozos para envolver la hierba. Luego el olor… no había humo, pues se lo tragaban.

Los policías guatemaltecos no dijeron nada, no hicieron nada. Incluso se mantuvieron impasibles cuando un grupo de jóvenes migrantes dijeron algunos piropos o silbaron el “qué cuero” a tres jóvenes que pasaron por el parque con vestidos bien ajustados. Más de algún adulto migrante les pidió que no hicieran eso porque hasta presos los podían meter por acoso sexual.

En el ir y venir por el parque conocía a Belén, una niña de dos años y medio que viajaba con sus dos padres muy jóvenes por cierto.El padre me contó que trabajaba como motorista en una empresa de Nejapa pero que tenía que viajar todos los días desde San Vicente. El sueldo no era mucho y pasaban necesidades, por eso decidieron probar suerte con la caravana. Ellos eran originarios de San Vicente, me dijeron.

Aquel día, en el parque de Tecún Umán había tantas historias como personas descansando después de dejar atrás, a 500 kilómetros de distancia, un país con mucha violencia generada por pandillas, con mucha pobreza generada por la corrupción.

Unas historias eran convincentes y otras no tanto. Entre éstas últimas estaba la de un sargento mayor de brigada, de la Fuerza Armada de El Salvador, que se había retirado del Ejército en el año 2012, luego de estar 29 años de alta. Cosa rara que habiendo estado 29 años de alta no tuviera pensión, si en con el Ipsfa (Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada) se podía jubilar con 25 años de servicio.

Este salvadoreño, que no quiso dar su nombre, dijo que con la caravana viajaban aproximadamente 300 veteranos de la Fuerza Armada. Dijo que él había sido sargento mayor de brigada, el grado más alto que en El Salvador alcanzan los suboficiales.

Este salvadoreño, que no quiso dar su nombre, dijo que con la caravana viajaban aproximadamente 300 veteranos de la Fuerza Armada. Aseguró que él había sido sargento mayor de brigada, el grado más alto que en El Salvador alcanzan los suboficiales.

Se lo pregunté pero siempre evadió responderme. Por el contrario, mencionó que había estado de alta en varias unidades militares, como el extinto Batallón de Reacción Inmediata Eusebio Bracamonte, que había ido a Iraq en el quinto contingente del Batallón Cuscatlán, y que en esa caravana viajaban aproximadamente 300 ex militares.

Aquel hombre que también evadió dar su nombre, lucía orgulloso una pañoleta estampada con el logo de la Escuela de Infantería, General Manuel José Arce.

Otra historia peculiar. Esta me pareció más verosímil. Un expolicía nacional civil viajaba en la caravana. Con él coincidimos cuando en el desvío a San Juan Opico tomé un bus hacia Ssanta Ana que nos llevaría a la terminal ubicada en el cantón El Portezuelo. Dijo que se sentía cansado, le regalé un relajante muscular y compartí las pupusas que llevaba para desayunarme.

Iba acompañado de tres o cuatro personas más que no se despegaron de él. Posteriormente me dijo que eran parientes suyos. Otra cosa rara: muchos hombres viajaban con primos, sobrinos o hijastros.

Estando en Tecún Umán me contó que él tenía visa mexicana pero que iba en la caravana porque por cuidar de unos parientes que llevaba. Me permitió hacerle un vídeo en el que me contó por qué huía de El Salvador.

Después decidió contarme la verdad: Mire, es que yo soy expolicía que anduve en malos pasos. Yo fui parte de una banda de policías robafurgones.

Me contó que asaltó la casa de un famoso abogado de apellido Méndez Flores, robándole 800 dólares y una pistola muy moderna y nueva de paquete.

Fue por este último caso que la Fiscalía le ofreció darle criterio de oportunidad. Al abogado le interesaba recuperar el arma. Él no tenía nada que perder ante una condena segura y por eso aceptó el ofrecimiento fiscal. Lo sacaron del penal de Metapán y colaboró con las autoridades. Mientras colaboraba, lo mantuvieron en una casa de seguridad para testigos protegidos y criteriados que no es más que una prisión sin barrotes.

Al cabo de tres años se escapó pero logró arreglar con la Fiscalía.

“Yo tengo varios jefes policiales condenados con 20 o 40 años de cárcel. Yo no puedo regresar a El Salvador”. El supuesto expolicía me contó cómo un alto jefe policial que actualmente ocupa un alto cargo en la institución, trabajaba para Reynerio de Jesús Flores Lazo, cuando era jefe regional de oriente.

El ahora comisionado retiraba los retenes cuando los furgones con cocaína iban a entrar por la frontera El Amatillo con rumbo hacia Guatemala. El oficial tenía su propio grupo de policías con quienes daba seguridad a la mercancía de Reynerio, de frontera a frontera.

Este ex policía no tuvo empachos para decirme que él fue parte de esa red y que con el dinero mal habido logró comprar tres casas y otros tantos bienes. “Es que mire, yo no creo que usted no sepa que en El Salvador, por las buenas es bien difícil salir de la pobreza”

“Pero lo que se hace con dinero sucio, también luego se va de la misma forma fácil”. Cuando fue capturado tuvo que vender todos esos bienes para pagar a sus abogados. Pero también perdió a su familia: esposa, hijos, hermanos… todos le dieron la espalda cuando supieron que era un policía corrupto.

Los “guías voluntarios”

Y fue en Tecún Umán donde pude observar que aquella peregrinación desordenada que había observado, tenía sus guías. Cuando menos tres guías. Ellos eran los que convocaban a reuniones, dictaban reglas, daban instrucciones y decían a los migrantes cómo actuar en determinados momentos.

Tres hombres. Uno aparentaba tal vez unos 50 años. Los otros dos eran más jóvenes, fornidos. El mayor de los tres portaba siempre un pequeño megáfono rojo y un bolso de nylon atado a una pierna. No hablaban con los periodistas. Hubo momentos en que fue evidente que esos tres hombres no querían que los periodistas escucháramos lo que conversaban con grupos de migrantes.

Sin embargo, en todo momento, ellos dijeron que habían tomado la decisión de guiar de manera voluntaria a la multitud porque alguien tenía que hacerlo, pero que su intención era como la de la mayoría: llegar a Estados Unidos, conseguir el sueño americano.

Ellos eran quienes instruían a los migrantes que debían declinar cualquier ofrecimiento hacia un migrante o grupo pequeño. La consigna era “O todos o ninguno”. O dejaban pasar por México a todos o no lo haría ninguno.

También en el parque  de Tecún Umán sobraban las instrucciones acerca de que a territorio mexicano debían entrar juntos, no en pequeños grupos, pues esto los volvía vulnerables y la posibilidad de ser capturados por las autoridades mexicanas eran muy elevadas.

Cualquiera de los tres guías que yo identifiqué como tales, repetían constantemente que no debían acampar sobre las zonas verdes del parque y que éste tenían que mantenerlo limpio para no disgustar a los anfitriones. De hecho, la comuna había delimitado las zonas verdes colocando cinta amarilla, de la que usa la policía para proteger las escenas de crímenes.

En un principio eso fue respetado, pero conforme llegaban migrantes, las zonas verdes fueron ocupadas para descansar a pesar de que policías nacionales y municipales se esforzaron en solicitarles que no las ocuparan.

Ya bien entrada la noche del jueves, fueron estos guías los que se encargaron de difundir la orden de que todos tenían que despertarse a las 3:00 de la madrugada del viernes porque a las 4:00 cruzarían el río (Suchiate). Era urgente que se consiguieran unos lazos para utilizarlos de guía durante el cruce; los hombres debían formar una cadena con sus brazos para que las mujeres y niños no fueran arrastrados por la corriente.

Dormí en el mismo parque donde durmieron los migrantes. Un olor a carne asada esculcaba la nariz mientras varios niños correteaban por el parque, derrochando energía mientras los padres parecían exhaustos.

A las 3:30 de la madrugada del viernes, todos los migrantes estaban en pie, alistando maletas. Yo me dirigí al río, al lugar por donde los balseros cruzan personas y mercancías. Al cabo de una hora regresé. Fue entonces cuando me percaté que los migrantes estaban yendo rumbo al puente que une México con Guatemala.

Cuando llegué ya estaban apostados frente al portón de metal. Los guías estaban pidiendo hablar con el cónsul de México en Tecún Umán, Mauricio Ituarte, quien el día anterior les había ofrecido entrar de forma pacífica y solicitar refugio. Unos 25 migrantes salvadoreños cruzaron el puente ese mismo día creyendo en la palabra de Ituarte.

Un funcionario de Migración de Guatemala logró contactar el funcionario mexicano. Éste dijo que llegaría en una hora aproximadamente porque estaba en Tapachula.

Mientras esperaban a Ituarte, los guías volvieron a insistir en que no se debía aceptar ofrecimientos individuales o de grupos: O todos o ninguno. También enfatizaron en que nadie debía firmar documento alguno para acogerse al estatus de refugiado.

Fue en esa espera cuando de repente apareció un hombre moreno, delgado y mucho mejor vestido que el guía que andaba el megáfono. Se acercó a éste y le dio instrucciones de lo que debían hablar y exigir al cónsul mexicano. Luego desandó el camino y desapareció.

Algunos migrantes no dejaron de ponerse al día con las noticias sobre la reacción del presidente estadounidense, Donald Trump. Ese día se supo que había mandado 15 mil soldados a la frontera.

Algunos migrantes no dejaron de ponerse al día con las noticias sobre la reacción del presidente estadounidense, Donald Trump. Ese día se supo que había mandado 15 mil soldados a la frontera.

No lo volví a ver a pesar de que traté de ubicarlo para preguntarle cuál era su papel en la caravana.

Ituarte llegó y el portón de Migración en el lado guatemalteco se abrió para dejar pasar sobre el puente a los salvadoreños que marchaban triunfalistas sobre el río Suchiate. Pero al llegar al portón que semanas antes la caravana migrante de hondureños había echado por tierra, se toparon con la firmeza de los empleados de migración.

“México no es un país de paso. Quien quiera entrar debe firmar una solicitud de refugio”. Los guías instruyeron: nadie firma, mejor nos regresamos.

Cuatro o cinco migrantes osaron cruzar el río pero fueron capturados rápidamente por autoridades mexicanas. Eso hizo desistir a muchos que se inclinaban por entrar de mojado a México.

Y tras unas tres horas, la caravana de salvadoreños regresó cabizbaja al parque central de Tecún Umán. De ahí fue donde de repente se escuchó la voz de que debían preparase para cruzar el río. En un santiamén el parque de Tecún Umán quedó vacío, con basura de bolsas de plástico de agua o bolsas grandes desechadas como maletas.

Al final de la tarde solo quedaban poco menos de una veintena de migrantes; eran quizá los que no se percataron de la súbita decisión o los que tal vez decidieron permanecer sobre el puente esperando que la migra mexicana cambiara de opinión y los dejase cruzar sin firmar nada.

Muchos salvadoreños consultaban constantemente un mapa de México con los lugares donde había albergues para migrantes, como lo hacía este aliancista. Otros leían su Biblia.

Muchos salvadoreños consultaban constantemente un mapa de México con los lugares donde había albergues para migrantes, como lo hacía este aliancista. Otros leían su Biblia.

  1. […] También puedes leer mi crónica: Ver, oír y sentir en 500 kilómetros con la caravana de migrantes salvadoreños […]

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