Pedro, el sargento que se disfrazaba para matar de la risa a los niños

Como policía se tomaba muy en serio su trabajo, al punto de que a veces cambiaba su uniforme y sus armas por un colorido traje, una peluca, una nariz roja y un rostro maquillado para ganarse el corazón de muchos niños.

La muerte duele más cuando es uno de los nuestro o un conocido que en algún momento de nuestras vidas y la suya, nos ayudó cuando se lo solicitamos. Ahora me toca escribir estas líneas porque este día han asesinado a un conocido al que no puedo llamar mi amigo pero sí puedo describir, desde mi perspectiva, como una persona sin dobleces, alguien derecho.

Hace un momento me enteré de que habían matado un sargento de la Policía Nacional Civil (PNC) mientras jugaba fútbol en una cancha de San Miguel. ¡Púchica, otro policía!, exclamé sólo para mí.

Minutos después, sentí un nudo en la garganta cuando en un mensaje me cayó una foto. Era él. Lo recordé. Solo con el nombre no lo pude recordar porque cuando una vez le pregunté cómo se llamaba, él me respondió a secas: Pedro. No supe si era alguno de sus nombres, si era su indicativo (nombre de guerra) o si se lo había inventado nada más para darme una respuesta.

Pedro Alberto Galeas Crespo fue asesinado hoy a las 11:00 de la mañana, cuando jugaba fútbol, en una cancha de la ciudad de San Miguel. Vivía cerca de donde lo acribillaron desde un vehículo en marcha.

A Pedro lo conocí cuando estaba asignado como segundo jefe del puesto policial de El Zamorano, en el Bajo Lempa, una zona del municipio de Jiquilisco, departamento de Usulután, muy golpeada por la violencia de pandillas.

Recuerdo que llegué al puesto de El Zamorano porque andaba haciendo un reportaje sobre la violencia que en esos días azotaba esa zona. Varias masacres, varios homicidios individuales; la inseguridad era tal que después del desvío de La Canoa no era recomendable que se entrara. El riesgo de que le salieran al paso algunos pandilleros era elevado.

Llegar a la Península de San Juan del Gozo era un riesgo. De hecho, haciendo ese reportaje recuerdo que logramos salir segundos antes de que unos pandilleros armados con un revólver calibre .38 mm y una escopeta se acercaran lo suficiente como para interceptarnos. Los vi de lejos y salimos a toda prisa.

Ese día había entrevistado a un director escolar sobre el problema de inseguridad que existía en el lugar. El hombre me dijo que todo estaba bien. Fue hasta cuando salí y me entrevisté con Pedro cuando supe que el director era el padre de uno de los pandilleros de la zona del Bajo Lempa.

Llegué al puesto El Zamorano buscando respuestas sobre la inseguridad, sobre la alta presencia de pandilleros en la zona (MS-13 y 18) y me encontré con que el mapa de riesgos en la zona del Bajo Lempa (según la policía) ya no eran las inundaciones en época invernal, sino las zonas bajo control de pandillas.

Pedro fue una de las personas que me contó que el problema de pandillas en el Bajo Lempa era un asunto para tratarlo con inteligencia y no solo con represión. Según él, el problema tenía su punto de partida sociológico: muchos padres habían emigrado a los Estados Unidos y dejado a sus hijos al cuidado de los abuelos. Aquellos niños se habían vuelto pandilleros y los abuelos en sus cómplices.

Sí, los abuelos en cómplices. Resulta que los mismos abuelos sabían que sus nietos andaban en malos pasos pero ante la incapacidad de corregirlos, ellos mismos los encubrían, servían de postes (vigilantes).

Cuando la policía hizo un esfuerzo por controlar el auge de las pandillas en esas zona, los abuelos y las novias se convirtieron en “logísticos” de los pandilleros que permanecían en los montes o en los manglares. Les llevaban comida o baterías de teléfonos cargadas.

No es cierto, hasta donde sé, que Pedro trabajara como payaso en sus días de licencia  para poder generar ingresos económicos extra.

Pedro era un policía payaso. Sí. Se disfrazaba de payaso para trabajar con niños  como una manera de acercarse a las comunidades y de regalarles diversión a muchos niños que en zonas del Bajo Lempa solo tienen tristezas ocasionadas por la pobreza.

Pero así como se entregaba a su trabajo, también Pedro era hasta cierto punto, irreverente a las directrices de silencio que emanaban de las altas esferas de la PNC con el propósito de tapar los problemas de seguridad y de carencias en puestos policiales.

Eso le había acarreado varios problemas. Creo que hasta sanciones.

Pedro hablaba con la verdad. O por lo menos, con su verdad. Yo comprobé como ciertas muchas de las cosas que aquella ocasión me contó.

Este sargento no era de escritorio. Era de campo. Por lo menos esa es mi percepción. Tenía un panorama delincuencial bien definido cuando estuvo en El Zamorano. No era su obligación cambiar su uniforme azul y su pistola y fusil por un peluca y una nariz roja sobre un rostro maquillado. Pero lo hacía.

Era uno de los que tenía la esperanza de que la situación delincuencial podía cambiar si tan solo quienes dirigen la policía tuvieran un poco de voluntad de trabajar. Más terreno y menos escritorio, me dijo en otra ocasión.

Pedro no era borrego. Tenía una gran capacidad de análisis; era muy inteligente. Mucho más quizá que algunos de sus jefes policiales. También tenía valor y era bastante desconfiado en cuanto a su propia seguridad.

De haber querido tener un mejor salario, tal vez con abandonar la policía y conseguirse un trabajo en un call center lo hubiese remediado. Este sargento habla muy bien el inglés. Me consta.

No sé qué le pasó, no sé por qué se durmió. Lo cierto es que ya está muerto. Asesinado por pandilleros de San Miguel, donde operan las clicas que por hoy son consideradas por algunos policías como más sanguinarias: la Park View y la Saylor, de la Mara Salvatrucha.

Uno de los jefes policiales de Pedro, que también no tiene pelos en la lengua y que por eso se ha metido reiteradamente en problemas institucionales, me ha dicho que la pérdida de este sargento constituye una gran pérdida para la corporación policial.

Yo también creo que así es. Pero ni modo.

Descansa en paz, Pedro.

  1. Sargento Wilber lopez 29 abril, 2019 en 5:35 am

    Un honor haverte conocido que noticia más desagradable Pedrito fuimos compañeros desde la academia promocion 1 que nostálgico saber que personas que se dedican a su trabajo ahora muerta en cuestión. de minutos Dios ayúdanos mi hermano elevado una plegaria y que Dios te reciba en su santa gloria

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