Seis soldados, seis machetes, 27 minutos y un nombre borrado

Se podría decir que el nombre de Domingo Monterrosa fue borrado de un tuitazo por el presidente y comandante general de la Fuerza Armada, Nayib Bukele, aunque la acción fue ejecutada en pocos minutos por seis soldados de esa guarnición, armados de machetes.

Pocos minutos habían pasado de las 12 del mediodía cuando un grupo de seis soldados salió de la Tercera Brigada de Infantería. Unos llevaban cumas y otros llevaban machetes. Con la energía que caracteriza a los jóvenes, unos usaron una escalera y otros simplemente saltaron hacia un muro saliente de donde estaba el nombre del teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios.

Así borraron el nombre del coronel Domingo Monterrosa de la Tercera Brigada de Infantería

Atrás de los soldados iban un mayor de apellido León, un subteniente y un sargento mayor. De inmediato los soldados comenzaron a raspar la pared con los fierros.  Casi que cada uno agarró como tarea borrar una palabra.

Así comenzaban a ejecutar la orden que la noche antes había divulgado Nayib Bukele, a solo pocas horas de haber sido juramentado como Presidente de El Salvador; al ser presidente de la República, automáticamente se convertía en el comandante general de la Fuerza Armada de El Salvador.

Nayib de un tuitazo borró el nombre de Monterrosa, que por décadas había permanecido en el muro de la fachada de la guarnición de la que un día fue comandante. Ese cargo ostentaba cuando el 23 de octubre de 1984, murió tras explotar el helicóptero en que se transportaría desde el pueblo de Joateca, norte de Morazán, hacia esa unidad militar.

El teniente coronel Domingo Monterrosa en el campo de operaciones. Monterrosa es considerado por muchos militares como un jefe que trabaja a la par de la tropa, comía y dormía junto a sus soldados.

El teniente coronel Domingo Monterrosa es considerado por muchos militares como un líder; trabaja a la par de la tropa, comía y dormía junto a sus soldados.

La escena histórica comenzó a ser grabada por una joven, aparentemente estudiante de una universidad que está próxima a la brigada. El rostro de aquella mujer reflejaba júbilo mientras se hacía selfies con su teléfono rosado.

Casualmente allí también estaba Gustavo Adolfo Amaya Villalobos, presidente del Centro de Capacitación para la Democracia (CECADE). Comenzó a filmar la ejecución de aquella orden que en diez años de gobierno no pudo hacer cumplir ¿por qué?. A Gustavo lo acompañaba una mujer y un hombre, este tenía aspecto de asiático. Así lo vi.

Gustavo escribió después en su cuenta de Twitter: “Recién llegamos a San Miguel con un amigo de Onusal que fue destacado en el oriente durante la guerra civil y presenciamos el cumplimiento de la orden presidencial. Comienza un proceso de reparación de las víctimas y de construir nuestra historia compartida”.

Mientras los soldados borraban el nombre de Monterrosa, frente a la brigada se generó un leve congestionamiento porque los conductores casi detenían sus vehículos para poder hacer una foto o un vídeo corto.

Las reacciones eran de aprobación o de rechazo. Estaba grabando aquella escena pero podía escuchar aplausos, silbidos o las bocinas de los autos pitando tres veces. Mientras eso sucedía, el sargento mayor se me acercó un poco para advertirme que no fuera a divulgar su rostro porque si le pasaba algo sería por mi culpa y entonces me demandaría.

Sin prestarle mucha atención recuerdo que le dije que lo sentía pero que estábamos en un lugar público y que no podía dejar de grabar; que si no quería ser filmado que tomara sus precauciones. La amenaza era sin razón porque el sargento estaba lejos, difícilmente se podría apreciar su rostro.

El Mayor León fue más consecuente: prefirió ponerse de espaldas cuando vio que muchas personas grababan o hacían fotos de aquellos soldados que parecían presurosos por acabar aquella orden.

A los pocos minutos llegó un hombre que aparentaba unos 45 o 50 años. Sacó su celular y comenzó a inmortalizar aquel momento. Le pregunté si era veterano. Le pregunté qué pensaba de lo que estaba viendo. “Sí, soy veterano pero todavía estoy de alta”, me respondió.

Los soldados seguían apresurados cumpliendo su misión. En algunas partes, la capa de pintura salía a grandes retazos; realmente estaban despellejando aquella pared. Solo hubo pequeños espacios donde fue necesario raspar mucho con los machetes para borrar todo rastro de escritura.

27 minutos después, aquellos seis soldados habían acabado la misión. La orden del comandante general estaba cumplida también.

Los tres soldados entraron a la brigada, el teniente, el sargento y el mayor también desaparecieron tras las puertas del cuartel de San Miguel.

Así pasaron aquellos 27 minutos.

Domingo Monterrosa era comandante del Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl cuando ocurrió aquella masacre en el caserío El Mozote, al norte del río Torola, en el departamento de Morazán, que durante el conflicto fue un bastión de la guerrilla muy custodiado debido a que en ese sector había campos de entrenamiento guerrillero y la Radio Venceremos.

A Monterrosa se le señala de ser el responsable de esa masacre. Militares como el general y diputado Mauricio Ernesto Vargas o el coronel Sigifredo Ochoa Pérez adversan esos señalamientos.

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